El éxito del fútbol femenino norcoreano: entre el talento y la rigidez

Por Nixon Carvajal
Finalizó el Campeonato Mundial de Fútbol Femenino Sub-20, realizado en Polonia, con el triunfo de la selección de España. Aunque las vigentes campeonas, las jóvenes de Corea del Norte, perdieron en la instancia definitiva de la tanda de penales, siguieron demostrando que son una potencia del balompié en esta categoría.
No obstante, aunque no se haya logrado el objetivo de ganar una nueva Copa del Mundo, y lejos de celebrar el hecho de haber llegado a otra final, para el poder norcoreano lo que sucedió en la cancha solo se entiende en términos de un fracaso absoluto y vergonzoso; para nada sirven las estadísticas ni los análisis de juego.
El brutal régimen de Kim cobrará fuertemente por la “deshonra” sufrida tan pronto como regrese la delegación al norte de la península de Corea.
Tras la derrota, las jóvenes serán castigadas y sometidas al escarnio público. Luego de ser recibidas en el aeropuerto, con decorado, flores y tapete rojo (las únicas imágenes que el mundo podrá ver del ultra restringido sistema de televisión estatal), las jugadoras serán sometidas a horas de abucheos y burlas.
Un antecedente confirmado por exiliados corrobora el escenario que les espera a las futbolistas. En 2010, tras ser eliminados en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, los jugadores de la selección de Corea del Norte recibieron, al regreso a la capital, los rigores de la perfeccionista y megalómana dictadura de la República Popular Democrática de Corea: la delegación se vio obligada a soportar seis horas continuas de insultos por parte de la ciudadanía en el Palacio de la Cultura Popular de Pyongyang, por orden expresa del máximo jefe de la nación.
Kim Jong Un no tendrá en cuenta los logros de las selecciones que antecedieron a la subcampeona, con triunfos obtenidos en siete torneos en las categorías Sub-17 y Sub-20. Lo que sí ocurrirá es que impartirá órdenes para endurecer el entrenamiento de los deportistas.

Es evidente. No hay duda de que impresiona el vertiginoso crecimiento en el nivel y rendimiento deportivo de las chicas de la República Popular Democrática de Corea en los últimos años. Los expertos intentarán infructuosamente interpretar el fenómeno de una nación históricamente sin tradición futbolística y totalmente aislada del resto del mundo, que, en el momento menos imaginado, se transformó en una potencia del fútbol global.
Las razones del éxito nada tienen que ver con un trabajo organizado y un apoyo estatal genuino; en Pyongyang, eso no existe. Cualquier logro cultural, deportivo, militar o político debe ser un efecto directo de las acciones que enaltezcan la figura del líder supremo: Kim Jong Un.
Es evidente que la ambición del dictador, más allá de intimidar al mundo occidental con su arsenal nuclear, tiene que ver con su insano narcisismo, propio de los tiranos. El comandante en jefe norcoreano vive obsesionado con mostrar al mundo una cara mejor de la que su pesada figura despliega exteriormente. Por ello, desde que asumió el poder tras la muerte de su padre, Kim Jong Il, ha obligado, casi a nivel monárquico, a los estamentos deportivos a alcanzar triunfos internacionales a toda costa, para que exalten no la grandeza de su país, sino su política de Estado y su imagen personal.
Los deseos desmedidos de Kim son órdenes de estricto cumplimiento en Corea del Norte. En este sentido, las escuelas de formación de niñas futbolistas llevan, desde el año 2000, un rígido seguimiento por parte del régimen. Las menores que sueñan con practicar balompié saben que sus anhelos no pueden ir más allá de las barricadas que separan a su patria de la vecina Corea del Sur. Deben jugar para dejar en alto la bandera, pero, especialmente, para que el autócrata muestre al planeta sus triunfos.
Las mujeres norcoreanas son obligadas a practicar un deporte desde la infancia. Las que eligen el fútbol tendrán que lidiar con los rigores de la más exigente formación atlética, táctica y técnica jamás imaginada, la cual incluye largas rutinas de entrenamiento físico, ejercicios extenuantes, alimentación deficiente y, lo más importante de todo, la aplicación de agresivas técnicas de manipulación y adoctrinamiento ideológico bajo una profunda sumisión al líder, con el fin de evitar la deserción.
La férrea disciplina incluye desde la utilización del vestuario reglamentario para el estudio y la práctica deportiva, hasta el control del color y tipo de cabello.
Los entrenadores, fieles servidores del sistema, maltratan, torturan y exigen hasta la última gota de sudor y sangre a las niñas, bajo pena de severos castigos inhumanos para ellas y sus familias.
A las futbolistas de las selecciones de Corea del Norte se les exige la perfección, casi al nivel de las atletas de la desaparecida República Democrática Alemana en los años 60 y 70, quienes igualmente eran sometidas a extensas jornadas de entrenamiento para alcanzar los primeros lugares. Es evidente la similitud entre los dos sistemas represivos: formar campeones para ensalzar a la patria y mostrar una fuerza de presión más ante Occidente.
Las deportistas de la extinta Alemania Oriental no solo debían ganar todas las medallas de oro e imponer récords, sino que, tristemente, fueron utilizadas como conejillos de indias, recibiendo dosis de sustancias desarrolladas para incrementar su rendimiento atlético.
En las Olimpiadas de Múnich 72, Montreal 76 y Moscú 80, y sin los controles antidopaje de la actualidad, los médicos de la RDA crearon verdaderos cócteles de drogas que permitieron esos triunfos femeninos. Lamentablemente, las preseas, ilegalmente obtenidas, no compensaron el sacrificio de las europeas, ni se les cumplieron los beneficios prometidos de estabilidad social, vivienda y una renta vitalicia. Lo que sí heredaron fueron las consecuencias orgánicas de años de exposición constante a esteroides y anabolizantes: sus cuerpos adquirieron excesiva masa muscular y su composición orgánica les impidió tener hijos.
Tal vez algo similar esté aconteciendo en la hermética nación ubicada al norte de la península, en el paralelo 38. Kim es un dictador egocéntrico y autoritario que haría cualquier cosa por mostrar al mundo noticias positivas, y no la realidad de los miles de habitantes que diariamente mueren de hambre, sumado a los abusos de poder, los fusilamientos y cualquier tipo de violación sistemática de los derechos humanos.
@nixonucarvajalr





