Banderas en la carretera

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Por Simón S. Doncel /@ssdoncel

Entre potreros, árboles, cultivos y montañas que se alzan a la distancia entre Saravena, Fortul y Tame, domina el verde. A lado y lado de la carretera pasta el ganado, pasan camiones y aparecen fincas, cultivos de plátano, cacao y café, empresas petroleras y pequeños negocios que sostienen la economía de la región. Y, de pronto, aparecen banderas rojas y negras del ELN. 

Aparecen en las rejas de las fincas, en lo alto de estructuras que sobresalen sobre la carretera, en vallas a la entrada de caseríos o a la entrada de las plataformas petroleras. El rojo y el negro irrumpen en medio del verde y terminan siendo imposibles de ignorar en el sol abrazador de la llanura araucana que se confunde con el cielo en el horizonte: pequeñas señales de un poder que no necesita ocupar todo el paisaje para dejar claro que está ahí.

Yo soy de Bogotá y, aunque he visto durante años las noticias de la guerra, también he conocido de cerca algunas de sus consecuencias. En Putumayo, Magdalena, Meta, Casanare y otras regiones he conocido líderes sociales que fueron asesinados, civiles que quedaron marcados por la violencia y miembros de las Fuerzas Militares y de la Policía que sobrevivieron a minas, balas y explosivos.

También he visto lo que vino después.

He visto víctimas civiles que, junto con organizaciones sociales, ONG y sus propias comunidades, lograron reconstruir sus vidas. Y he hablado con policías y militares que siguieron adelante con secuelas físicas y que, cuando contaban qué había cambiado después de una mina, una bala o un explosivo, no hablaban de la herida. Hablaban de no poder volver a jugar fútbol, de no poder correr como antes o de no poder alzar a sus hijos y jugar con ellos.

No son cifras. Son vidas que cambian.

Por eso, cuando vi las banderas en Arauca, no las interpreté como una simple expresión política. Me sorprendieron. Me dieron miedo. Me dejaron una sensación de tensa calma.

Pregunté qué implica su presencia para las comunidades locales y las respuestas me sorprendieron todavía más.

“Por la carretera no se meten con la gente”.

“Después de cierta hora es mejor no andar por ahí”.

“El problema es más adentro”.

No fueron frases dichas con dramatismo. Fueron explicaciones prácticas. Reglas no escritas para moverse por el territorio. Mientras las escuchaba, veía pasar carros blindados del Ejército.

El Estado estaba ahí y el grupo armado también. Y la gente había aprendido a convivir con ambos, a entender sus límites y a saber cómo moverse entre ellos.

Una especie de matrimonio a la fuerza donde una de las partes usa la violencia como “legitimidad”. Eso es quizá lo más difícil de aceptar.

Colombia lleva tanto tiempo en guerra que hemos aprendido a movernos dentro de ella. Sabemos qué carretera tomar, hasta qué hora viajar, qué lugares evitar, qué preguntas hacer y cuáles no.

El problema es que una sociedad que aprende las reglas de una organización armada también termina aceptando, aunque sea por necesidad, una forma de autoridad que no debería existir.

¿Cómo se recupera un territorio cuando el actor armado está mezclado con la vida cotidiana?, ¿Cómo se enfrenta una economía ilegal cuando, en algunas zonas, es la que logra mover dinero, comprar productos y conectar al campesino con un medio de subsistencia?

Durante mis viajes he visto campesinos que tardan horas en sacar sus cosechas a lomo de mula. Y pensé en la contradicción: Colombia puede discutir durante años sobre seguridad, sustitución de cultivos y desarrollo rural, mientras hay regiones donde llevar una producción legal al mercado sigue siendo una odisea o de entrada condenarse a aguantar hambre.

No basta con decirle a una comunidad que sustituya cultivos. Hay que hacer que la economía legal funcione.

Eso significa carreteras terciarias, conectividad, crédito, empresas, transformación, mercados y productividad. Significa dejar de pensar que el desarrollo consiste únicamente en producir materias primas.

Japón y Corea del Sur son dos ejemplos de países que, con menos recursos naturales que Colombia, construyeron industrias capaces de generar valor alrededor del conocimiento, la tecnología, la manufactura y las exportaciones.

Nosotros tenemos cacao, café, plátano, petróleo, biodiversidad, tierra y agua. Por eso, el desafío es cuánto valor somos capaces de construir alrededor de todo eso y todo lo que en Colombia se produce.

Que el cacao no sea solamente cacao. Que el café no sea solamente un grano. Que el plátano no sea solamente una cosecha. No se trata solamente de producir más. Se trata de transformar más, vender mejor, dejar más valor en cada territorio y conectar a las regiones con capitales internacionales.

También se trata de tomar decisiones desde las regiones. No todo puede depender de lo que se decida en las frías oficinas gubernamentales de Bogotá. Cada territorio necesita desarrollar una economía alrededor de lo que tiene, de lo que sabe hacer y de lo que puede conectar con otros mercados.

Por eso tampoco creo que la discusión pueda reducirse a control militar u oferta institucional. La Fuerza Pública es indispensable. Sin seguridad no existe desarrollo. Puede contener la violencia. Sin embargo, no reemplaza una carretera, una empresa, una cadena productiva ni un mercado.

Mientras recorría Arauca, las banderas del ELN siguieron apareciendo. Me parecieron un cáncer sobrediagnosticado. Sabemos que existe. Conocemos sus síntomas. Llevamos décadas aplicando tratamientos. Y todavía no desaparece.

Ganar esta guerra no es solamente sacar a un grupo armado de un territorio. Es conseguir que ese territorio tenga una economía, unas instituciones y una vida cotidiana que hagan innecesaria esa autoridad paralela.

Que una persona pueda atravesar una carretera sin tener que conocer las reglas del ELN.

Que un campesino pueda vender su cosecha sin depender de una economía ilegal. Que un policía pueda dormir en una estación sin pensar en el próximo dron. Que un líder social pueda trabajar sin preguntarse si eso le puede costar la vida y que un padre que sobrevivió a la guerra vuelva a poder alzar a su hijo.

Al salir de Arauca, el paisaje volvió a ser el mismo: verde, abierto, ganado, árboles, cultivos y carretera.

Las banderas siguen ahí. Pequeñas frente a la inmensidad del paisaje, pero suficientemente grandes para recordar que en Colombia la guerra no siempre ocupa todo el paisaje. A veces le basta con una bandera para decir que todavía está ahí.

Y quizá ese sea nuestro mayor problema: no solamente que la guerra siga existiendo, sino que aprendimos a reconocer sus señales, a entender sus horarios y a seguir el camino como si nada.


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