La mentira como estrategia política del dictador

Por Nixon Carvajal -Periodista e investigador
Un apretón de manos y una sonrisa para el registro aparentemente sellaron el principio de entendimiento entre Vladimir Putin y los enviados especiales de Donald Trump, Jared Kushner y Steve Witkoff, con el cual se supone que el Kremlin aporta su mejor buena voluntad para desescalar la guerra con Ucrania y conducir al final del largo conflicto entre las dos naciones, hijas de la extinta Unión Soviética. Sin embargo, con Vlad nunca se sabe. La confianza no es la mejor virtud que exteriorice el premier ruso.
En la posterior llamada entre Trump y Putin, aunque el ruso prometió trabajar en el corto plazo hacia un cese al fuego, se sabe que eso no es propiamente lo que va a hacer. Vladimir entiende que ahora, más que nunca, deberá justificar ante la nación que los 1,5 millones de soldados caídos en la guerra son una simple estadística necesaria en el camino a la victoria final.
No hay forma posible de creerle a un dictador cuando se entiende que la mentira es su principal arma de guerra, y en el caso del exespía de la KGB, su rostro adusto ayuda todavía menos a soñar con alguna remota posibilidad de creer lo que afirma.
El tirano típico sostiene gran parte de su proyecto político sobre la base del engaño, prometiendo lo inalcanzable para afianzar su falso discurso. De eso sabe bastante Vlad.
En marzo del presente año, el exprimer ministro británico, Keir Starmer, lanzó al mundo una declaración tan delicada como aterradora: Rusia estaría planeando un ataque inminente contra Inglaterra. No había forma de poner en duda la conjetura del entonces líder inglés, ya que provenía de información clasificada y confirmada por agentes infiltrados del MI6 en Moscú.
En menos de 24 horas, el canciller ruso, Serguéi Lavrov, desmintió los graves señalamientos de Starmer, asegurando que desde el Kremlin no existía la más mínima intención de atentar contra alguna nación.
Recientemente, Finlandia, Noruega, Polonia y las naciones bálticas —antiguos satélites de la URSS: Letonia, Estonia y Lituania— también confirmaron extraños movimientos cerca de sus fronteras, lo que incrementó el temor por alguna incursión del ejército ruso.
La base para construir relaciones sanas entre los Estados no debe sostenerse sobre simples acuerdos de buena fe. La historia así lo evidencia.
Yasser Arafat, el máximo cabecilla de la OLP, en muchas oportunidades fue visto sonriente, estrechando las manos de líderes israelíes, mostrando supuestos gestos de paz para allanar el camino hacia la resolución del conflicto en Medio Oriente. En todo momento aseguraba que no atentaría contra Sion; sin embargo, la historia sería otra. Por orden suya se ejecutarían centenares de atentados terroristas contra objetivos de la nación hebrea. Otro que mintió y pasó por encima de su palabra de honor.
En diciembre de 1941, más de 300 aviones de la armada japonesa atacaron con toda clase de artillería a una parte de la flota del Pacífico de Estados Unidos, que se encontraba atracada en el puerto de Pearl Harbor. En poco más de hora y media, el noventa por ciento del componente naval quedó destruido. Acorazados, fragatas, corbetas y destructores quedaron totalmente destruidos; el fuego consumió las naves, dejando muchas pérdidas humanas.
Fue un ataque no provocado que tomó por sorpresa al gobierno norteamericano, debido a los acercamientos previos con el imperio japonés, que tras la entrega de medallas como prueba de amistad había prometido nunca atacar. Los almirantes de la marina del sol naciente mintieron y procedieron a infligirle a Estados Unidos un golpe del que tardaría en recuperarse.
En septiembre de 1938, el primer ministro de Inglaterra, Neville Chamberlain, en medio del miedo que invadía las ciudades europeas por el rumor de una guerra inminente, dispuso realizar una visita de Estado al canciller alemán Adolf Hitler, de manera preventiva. En un tono de absoluta sumisión, el británico le pidió al Führer que bajo ninguna circunstancia considerara la posibilidad de invadir su país. Hitler le respondió que no se preocupara, que tal acontecimiento no sucedería, reiterando que no tenía ambiciones expansionistas. Chamberlain regresó a Londres con la tranquilidad de esa respuesta, seguro de que la diplomacia había hecho su trabajo, y así se lo hizo saber al Parlamento, que en pleno reconoció el éxito de la expedición. La excepción fue uno de los miembros de la corporación: Winston Churchill.
En julio de 1940, en plena guerra mundial y sin ninguna provocación aparente, centenares de aviones de la Fuerza Aérea alemana surcaron los cielos de la capital inglesa, descargando toneladas de bombas sobre edificios, residencias y fábricas, causando pérdidas humanas, destrucción y desolación. El Tercer Reich mintió, incumplió su palabra y arremetió unilateralmente con lo mejor de su poder militar.
Dictadores como Hitler, Stalin, Mussolini, Idi Amin Dada, Gadafi, Castro, Chávez y Kim, entre otros, utilizaron el poder de la palabra para hacerse ver como grandes benefactores dedicados a luchar por sus pueblos. No obstante, detrás de tanta retórica lo que se escondía no era más que falsedad. Nunca se le puede creer a un tirano.





