El cuento de Pinocho y el tictac inevitable en la Casa de Nariño
Análisis sobre las horas finales del gobierno Petro, los escándalos de corrupción y el intento de imponer una narrativa de fraude frente al 7 de agosto.

Entre escándalos de corrupción y pesquisas judiciales, el saliente oficialismo intenta posicionar la narrativa de un complot electoral. Sin embargo, la cuenta regresiva hacia el 7 de agosto avanza sin tregua frente a un relato que no sostiene el peso de la realidad.
Por Humberto Barros F.
Las horas más desesperadas del gobierno de Gustavo Petro Urrego llegaron a su final. Las denuncias de corrupción en diversas entidades y ministerios siguen en aumento, respaldadas por pruebas y audios que involucran al entorno más cercano del próximo exmandatario. Tal vez esto explica por qué ha decidido montarse en la narrativa de un supuesto fraude electoral, carente de evidencias de peso.
Los audios revelados por la revista Semana son devastadores. Indican que la primera dama en proceso de divorcio, Verónica Alcocer, llevaría una vida al estilo de Imelda Marcos, con gastos de miles de dólares mensuales y una red de testaferros en distintas entidades para extraer todo lo posible del erario. Ahí están los registros para quien quiera escuchar lo que revela una de sus exasesoras.
En paralelo, se tramitan miles de contratos firmados a última hora en distintas dependencias estatales. El propósito parece claro: dejar las arcas vacías, saldar acuerdos con empresarios amigos y dejar a miles de funcionarios vinculados para sabotear las iniciativas del nuevo gobierno y privarlo de margen de acción. Por eso resultaba imperativo que el candidato oficialista ganara y ayudara a ocultar el desastre de un cuatrienio marcado por la opacidad.
Al igual que en su paso por la Alcaldía de Bogotá —que dejó una estela de irregularidades aún bajo investigación judicial y con personajes prófugos de la justicia—, hoy se repiten los patrones. El caso de César Manrique en la Función Pública es un claro ejemplo: condenado por desfalco en el Fondo de Vigilancia de Bogotá, reapareció como uno de los cerebros en el saqueo a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
Frente a este escenario, Petro recurre al libreto armado por Gustavo Bolívar: agitar el fantasma de un fraude electoral coordinado para favorecer a Abelardo de la Espriella mediante computadores en California, empresarios israelíes, algoritmos y hackers. Todo aderezado con “testigos digitales” e ingenieros formados en alguna sede del Pacto Histórico en Teusaquillo. Se trata de un storytelling, una salida fácil para desviar la atención de la corrupción que rodeó su gestión municipal y que hoy permea su periodo presidencial. Es una corrupción presente en todas las escalas: desde pactos con criminales hasta la desaparición sin precedentes de billones de pesos.
Así, el líder no se despide como el transformador de la sociedad colombiana, ni al nivel de figuras admiradas por él como Hugo Chávez o Lula da Silva. Queda alineado en la misma escala de Carlos Menem, Daniel Ortega o Nicolás Maduro, en la lista de los gobiernos de izquierda que dejaron más escándalos y saqueos que obras en beneficio de sus ciudadanos. Se va rodeado de supuestos adeptos y allegados que llegaron al poder a enriquecerse y a actuar de manera irresponsable, guiados por la prédica de un líder que vendió humo y falsas promesas.
Ahora se abre un nuevo periodo para Colombia, en el que saldrá a la luz lo ocurrido tras los muros de la Casa de Nariño durante el mandato del Pacto Histórico. Las primeras señales anticipan que aún quedan muchos secretos y escándalos por revelar, un ejercicio tan necesario como inevitable.
A medida que se acerca el 7 de agosto y la posesión de Abelardo de la Espriella en Cali, la desesperación en el Palacio de Nariño solo crece y no se podrá detener. Por más que intenten aferrarse al libreto de Gustavo Bolívar, sus mentiras no sostienen el relato: es apenas un cuento de Pinocho mientras el reloj descuenta sus últimos minutos. Tic, tac. Tic, tac.





