Cuando la oposición se reduce a una limosna

Por Humberto Barros F.
Hay un nivel de cinismo político que desafía cualquier norma republicana. Ver a Gustavo Petro y a su heredero político, Iván Cepeda, salir ante las cámaras a pretender dictarle cátedra de gestión de crisis al presidente Abelardo de la Espriella, con contados días en el Palacio de Nariño y enfrentando un devastador terremoto en el occidente del país, es la confirmación de una corriente reducida a la gesticulación y al oportunismo más descarado. El petrismo no solo perdió el poder, sino que quedó moral y políticamente reducido a una triste limosna de oposición.
Mientras la nación aún cuenta a sus muertos bajo el barro, busca a cientos de desaparecidos entre los escombros y trata de asimilar el impacto de pérdidas billonarias en el Eje Cafetero, Cali, Pereira y Quibdó, la reaparición del expresidente rozó la provocación. Petro calificó de “limosnas” las donaciones de miles de millones de pesos entregadas por el empresariado para atender la emergencia. La impudicia de la afirmación es absoluta. ¿Con qué autoridad moral tilda de “limosna” la solidaridad privada quien devoró el presupuesto nacional en un cuatrienio marcado por la corrupción, el despilfarro y el saqueo fiscal?
Resulta paradójico que los mismos que gastaron y exprimieron las arcas públicas con una voracidad que envidiaría la piratería del Caribe pretendan hoy erigirse en jueces de la capacidad de respuesta del Estado. Dejaron una verdadera bomba de tiempo financiera con vencimientos de deuda a las tasas más altas de la historia y recursos comprometidos a última hora sin ejecución real. La corrupción no fue un accidente en su gestión, sino su matriz fundamental. El reparto de notarías, la captura de esquemas de protección y la alteración de hojas de vida para la alta burocracia estatal, como lo probó la primera condena del caso Juliana Guerrero y la Fundación San José por falsificación de títulos, son el verdadero legado de la izquierda en el poder.
Ante semejante panorama, la respuesta del Ejecutivo ha sido pragmática y contundente. Abelardo de la Espriella podrá no gustarle a muchos, pero ha enfrentado el desastre con determinación. Le ha metido la mano al bolsillo a los poderosos, ha convocado la solidaridad nacional y aprovechó la coyuntura para exigirle a la administración de Donald Trump una reducción de aranceles que Petro nunca logró, buscando así oxígeno y recursos frescos para la reconstrucción. El plan de gobierno cambió por la fuerza de la naturaleza, pero la estrategia ha sido clara, pues el Presidente entendió que la historia no lo juzgará por culpar a Petro del desastre heredado, sino por su capacidad para levantar de las ruinas a las comunidades devastadas.
Por eso, el espectáculo de la oposición resulta tan miserable. Pretenden cobrar desde el micrófono lo que fueron incapaces de construir en el escritorio, mientras los verdaderos culpables de que hoy falten aviones, socorristas y recursos en los centros de acopio tienen nombre y apellido. Lo que presenciamos no es control político ni debate de altura, sino la escena patética de quienes saquearon la casa, quemaron los colchones y hoy regresan a quejarse porque la lluvia moja a los damnificados.
De la Espriella no solo tendrá que construir sobre las ruinas que dejó la furia del terremoto, sino sobre los escombros de un modelo político que demostró ser infinitamente pequeño ante la dimensión de los problemas de Colombia. El verdadero sismo no empezó con el movimiento de las placas tectónicas, sino el 10 de agosto, cuando el país entero terminó de despertar ante el desastre institucional que dejaron y cuyas costuras apenas comenzamos a desentrañar. Colombia no necesita lecciones de moralidad impartidas por los arquitectos de su propia ruina.





