Mientras el país saca cabeza de sus escombros, Petro alista sus maletas

Por: Humberto Barros F.
Mientras Colombia atraviesa una de las horas más amargas de su historia reciente, desenterrando vidas, empleos y hogares en Quibdó, Pereira, Manizales, Cali y decenas de municipios tras el brutal terremoto del lunes, el expresidente Gustavo Petro tiene una sola urgencia en mente: poner tierra de por medio.
El contraste resulta dantesco. Por un lado está la Colombia real, volcada en una ola de solidaridad donde rescatistas, bomberos y ciudadanos de a pie se ensucian las manos para devolver la esperanza entre las ruinas. Por el otro está el líder que hasta hace apenas unos días se proclamaba “jefe” de medio país, hoy desesperado por cruzar la frontera, buscar la comodidad del retiro internacional y disfrutar del confort europeo. Todo esto mientras su esposa ya se instaló cómoda en Suecia —la cuna de Saab, esa emblemática firma de aviación militar—.
Para Petro, tras entregar el poder el pasado 7 de agosto, el país se convirtió en un escenario que prefiere contemplar a una distancia prudente. Cual topo que busca escabullirse entre los escombros que dejó el sismo —y entre las ruinas institucionales y financieras que heredó su propia administración, asfixiada por un endeudamiento abismal y sombras de corrupción—, el exmandatario acudió al Congreso a pedir permiso para ausentarse.
Y el Senado se lo concedió. En una movida que deja un sabor amargo y que desató la insólita gratitud de Iván Cepeda hacia el Centro Democrático, la plenaria le dio carta blanca con 73 votos a favor. Poco importaron las advertencias jurídicas del senador Alfredo Deluque sobre la necesidad de avalar cada viaje individualmente, o las duras alertas de Enrique Gómez sobre el riesgo de facilitarle un atajo frente a las investigaciones pendientes en la Comisión de Acusaciones. La mayoría prefirió salir del paso y otorgarle un permiso general por doce meses, condicionado a simples reportes de itinerario.
Así, Petro tomará distancia durante un año entero. Un lapso oportuno mientras los funcionarios del gobierno de Abelardo de la Espriella comienzan a destapar la caja de Pandora y a esculcar los millonarios contratos que quedaron amarrados, al tiempo que fichas sembradas en la burocracia continuaron firmando y gastando recursos sin Dios ni Ley, sólo bastó mirar en la Agencia de Desarrollo Rural, la ANI y muchas otras.
Sin embargo, en medio del dolor de la tragedia, Colombia le acaba de dar al petrismo una lección contundente que jamás podrán digerir.
Estos días aciagos demostraron que cuatro años de retórica divisiva no lograron arrasar con lo que décadas de esfuerzo colectivo construyeron en este país. La diferencia con el colapso venezolano fue abismal: aquí los organismos de socorro actuaron con rigor técnico, las instituciones respondieron, la empresa privada tendió la mano y la solidaridad ciudadana no se hizo esperar. La grandeza de Colombia demostró estar muy por encima de la mezquindad de cualquier proyecto político.
Basta con leer la acidez y el desdén que vierten Petro y sus alfiles en redes sociales para entender su desconexión moral con el sufrimiento patrio. Les duele comprobar que Colombia no se rompió.
El permiso amparado en el artículo 196 de la Constitución le servirá al expresidente para cruzar el Atlántico, pero jamás para evadir el juicio de la historia ni el avance de la justicia. Mientras los colombianos levantan de nuevo sus casas y rescatan el futuro de los destrozos que dejó la naturaleza implacable, solo queda decirle: buen viaje, buen viento y buena mar. Vaya y disfrute en la comodidad del primer mundo los frutos de sus cuatro años de palabrería. Colombia se queda aquí, reconstruyendo lo que usted no pudo destruir.





