Netanyahu sube al Hermón para señalar el próximo objetivo: Irán

Redacción Internacional / Hay una diferencia entre dar un discurso y elegir el escenario para darlo. Benjamin Netanyahu lo sabe mejor que casi ningún otro líder en ejercicio, y este jueves volvió a demostrarlo: subió al Monte Hermón, el punto más alto de los Altos del Golán sirios ocupados por Israel desde 1967, y desde ahí —con Damasco visible a lo lejos— anunció cuál es, según él, la última tarea pendiente de la guerra que Israel viene librando desde octubre de 2023: “derrotar” al “régimen terrorista” de Irán.
La elección del lugar no es casual ni menor. Desde la cima del Hermón, Netanyahu describió un control territorial que calificó de inédito: “desde la Corona del Hermón hasta el río Yarmuk, y desde aquí hasta el Mediterráneo”. Es un mapa hablado, una forma de trazar en voz alta una frontera de facto que buena parte de la comunidad internacional no reconoce como legítima, pronunciada justo en la víspera de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. El timing tampoco es inocente: los discursos de alto voltaje geopolítico en fechas religiosas de peso suelen buscar un eco emocional distinto al de un anuncio en un día cualquiera del calendario.
De Gaza a Irán: el relato de una guerra que no termina nunca

Lo más revelador del mensaje de Netanyahu no es la mención a Irán en sí —viene repitiéndola desde hace meses— sino cómo la enmarca: como la continuación natural de lo que llama la “Guerra de Redención”, el nombre con el que su gobierno bautizó la ofensiva militar en Gaza tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Al vincular ambos frentes bajo el mismo relato, Netanyahu construye una narrativa de guerra continua y sin fecha de cierre clara: primero Hamás, después Hezbolá, ahora “el eje” completo que, asegura, “acabará cayendo”.
Esa palabra —”eje”— no es un detalle retórico menor. Israel usa el término para describir la red de milicias y gobiernos alineados con Teherán en la región: Hezbolá en Líbano, milicias chiitas en Irak y Siria, los hutíes en Yemen, y el propio régimen iraní como cabeza de ese entramado. Cuando Netanyahu dice que “todo el eje acabará cayendo”, no está anunciando una operación puntual: está proyectando un horizonte de conflicto regional que, según su propia descripción, todavía tiene capítulos por escribirse, aunque asegura que “estamos muy cerca” de cerrarlos.
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La respuesta de Damasco: soberanía, derecho internacional y un acuerdo de 1974
El nuevo gobierno sirio no dejó pasar el gesto. En un comunicado, su Ministerio de Exteriores condenó “en los términos más enérgicos” lo que calificó de “entrada ilegal” de Netanyahu a territorio sirio, y fue más allá: habló de “una acción provocadora” y de “una flagrante violación de la soberanía” siria, de su integridad territorial y del derecho internacional. La cancillería sostuvo que la reiteración de este tipo de incursiones constituye “una grave escalada que amenaza la seguridad y la estabilidad de la región”, y responsabilizó directamente a Israel —al que se refirió como “país ocupante”— de las consecuencias derivadas de estas acciones.
El dato con más peso jurídico de todo el comunicado sirio es el cierre: el llamado a la comunidad internacional, incluida la ONU y los “Estados con influencia”, a que exijan el retorno al Acuerdo de Separación de 1974, el pacto que estableció una zona de amortiguación entre Israel y Siria tras la Guerra de Yom Kippur y que, según Damasco, Israel estaría desconociendo de manera sistemática con este tipo de visitas y operaciones en la región.
Lo que la escena no dice, pero sugiere
Hay una lectura adicional en la puesta en escena que vale la pena señalar: Netanyahu no habló desde Jerusalén ni desde un despacho oficial, sino físicamente parado en el límite de tres fronteras —Siria, Líbano e Israel— visibles al mismo tiempo desde un único punto. Es una forma de comunicar poder territorial sin necesidad de decirlo con todas las letras: la imagen hace el trabajo retórico que el discurso solo tiene que acompañar. Y lo hace, además, en un momento en que Netanyahu enfrenta presión política interna —incluyendo la reciente confirmación de que fue advertido antes del 7 de octubre y no compartió esa información con su cúpula de seguridad—, lo cual añade una capa adicional a por qué un mensaje de fortaleza y control absoluto llega precisamente ahora.
La pregunta que queda abierta, y que ni el propio Netanyahu respondió en su mensaje, es qué significa en términos concretos “derrotar” a un régimen y no solo a un ejército convencional. Israel ya ha golpeado infraestructura militar iraní y a sus aliados regionales en distintas ocasiones durante los últimos dos años; lo que Netanyahu prometió este jueves desde el Hermón es un paso más allá de eso, sin precisar todavía cuál sería la forma concreta de esa “derrota” final que asegura tener “muy cerca”.
Análisis — con información de Europa Press





