Navarro Wolff salió del M-19 sin escándalos, se sentó a escribir la Constitución y se fue con la frente en alto

Por Jhon Cárdenas – Redacción Nacional / Antonio Navarro Wolff murió este domingo a los 78 años, y Colombia pierde a un político que supo ser coherente cuando era más fácil no serlo. Fue del M-19, y eso no se esconde. Pero su historia no se agota en esa sigla y, sobre todo, no se parece a la de otros que salieron de esa misma organización.
Navarro no fue un integrante de base. Hizo parte de la línea de mando del M-19, donde se tomaban las decisiones, y desde ahí cargó con la responsabilidad de ser uno de los rostros de esa guerrilla. Cuando llegó la hora de hablar de paz, no se escondió detrás de nadie. Se sentó a negociar, y en pleno proceso sufrió un atentado, un golpe que habría bastado para que muchos volvieran a la confrontación. Él siguió adelante, y esa decisión lo define mejor que cualquier etiqueta.

De la negociación pasó a la política, y de la política a la Constituyente de 1991, donde fue uno de los copresidentes de la Asamblea que redactó la Carta que hoy rige a Colombia. Un excomandante guerrillero sentado a construir las reglas de juego del Estado que antes combatió.

Su hoja de vida pública, ya dentro de la institucionalidad, es de las más extensas de su generación. Fue ministro de Salud en 1990, en el gobierno de César Gaviria, alcalde de Pasto entre 1995 y 1997, gobernador de Nariño de 2008 a 2011 y senador en dos periodos, de 2002 a 2006 y de 2014 a 2018. También fue representante a la Cámara por Bogotá de 1998 a 2002, y en 2012 llegó a ser secretario de Gobierno de Bogotá. Como gobernador de Nariño aplicó el presupuesto participativo, una apuesta de gestión que lo dio a conocer más allá de su departamento. Desde 2015 militó en la Alianza Verde, partido con el que buscó la Alcaldía de Bogotá en 2019. Fueron más de tres décadas de vida legal, con elecciones ganadas y perdidas, sin volver jamás a las armas.

Y hay un dato que en este país pesa y que vale la pena decir sin rodeos. A Navarro Wolff no se le conocieron escándalos de corrupción ni líos en su vida personal. En una política donde tantos terminan salpicados, él llegó al final de su trayectoria con el nombre limpio. Fue del M-19, sí, pero su paso por lo público se recuerda por la seriedad y no por los expedientes.
Esa es la lectura justa de su vida. Tomó las armas en una época, las dejó cuando hubo condiciones, y desde entonces le sirvió al país con las reglas de la democracia. Colombia lo despide con razón como un hombre que demostró que el tránsito de la guerra a la política es posible cuando hay convicción y hay palabra.





