La farsa de Petro para distraer y borrar evidencias

Editorial | el7.news
Gustavo Petro insiste en hablar de un fraude electoral y de unas supuestas pruebas que solo existen en su cabeza. No muestra nada porque no tiene nada, o tal vez porque simplemente está ganando tiempo para darle vía libre a un golpe de Estado. Al final, lo único que logra es quedar en ridículo: acusa sin sustento a Netanyahu, a Trump y a cuanto personaje se le cruce, sabiendo perfectamente que sus denuncias no van para ningún lado.
Su verdadero temor no es el resultado de las urnas; su pánico real es la transición. El empalme inevitablemente desnudará la corrupción en la contratación y el manejo turbio dentro de sus ministerios, incluyendo el escandaloso sobrecosto en los aviones de combate comprados a los suecos y muchos otros negocios oscuros.

Mientras esto pasa, llama la atención cómo los supuestos demócratas del Pacto Histórico aplauden ciegamente al Mesías de Zipaquirá. Es fácil adivinar que lo hacen en agradecimiento por las generosas prebendas obtenidas durante cuatro años. Así se sigue escribiendo la historia del que, sin duda, es el peor gobierno que ha tenido Colombia en los últimos años.
Estamos ante un panorama inaudito: el único que no quiere aceptar la voluntad popular es el mismo que hoy borra evidencias mientras ataca la legitimidad del sistema. Ante esto, la justicia debe ser implacable. Hay que ir con toda la fuerza de la ley por los corruptos, recuperar el patrimonio de los desfalcos y castigar severamente a quienes violan la Constitución. Ya es hora de sentar en el banquillo a los verdaderos responsables; basta ya de premiarlos regalándoles asientos en el Congreso.
Un caso que merece serios cuestionamientos es el de Iván Cepeda Castro. Tras recibir un escaño de consolación en el Senado, ahora sale a decir que no acepta al presidente electo, Abelardo de la Espriella, declarándose en desobediencia civil. Si Cepeda desconoce las reglas democráticas, por pura coherencia no debería asumir su puesto parlamentario. Si usted no respeta las instituciones, no tiene derecho a un generoso empleo de cuatro años, con un salario millonario y un esquema de escoltas que nos cuesta a todos.
Frente a este ataque frontal, Abelardo de la Espriella ha encarado con total firmeza la estrategia orquestada por Petro y su círculo de poder. Con el único fin de seguir captando adeptos y mantener alienada a su militancia, el petrismo ha recurrido al cuento del fraude y a ridículas teorías sobre algoritmos maliciosos. Una farsa absoluta diseñada por un movimiento que se construyó combinando todas las formas de corrupción y de lucha posibles.
Por eso, de la Espriella no puede dar el brazo a torcer: debe continuar con paso firme, nombrando su gabinete y tomando las acciones que el país le exige. Perdonar u omitir este oscuro episodio solo traerá más impunidad a un país que ya está desbordado de ella.
Al otro lado nos queda el presidente saliente, el golpista democrático que un día se cree Salvador Allende y al otro Muammar al Gadafi. Petro es un personaje que no respeta las leyes porque cree tener la inmunidad para pasar por encima de todo el mundo. Ya es hora de que tanto él, como los personajes menores que lo rodean, reciban el merecido castigo de la justicia. Colombia no puede seguir secuestrada por el capricho de quienes no saben perder.





