La espada de Bolívar y el telón que no baja: Para Petro, el show debe continuar

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Había anunciado el final de las funciones en plazas públicas, pero el mandatario volvió a la tarima. Un repaso al epílogo de un gobierno que sustituyó las transformaciones estructurales por puestas en escena.

Por Juan Valencia_Redacción Política / Este viernes, Gustavo Petro trasladó la espada del Libertador Simón Bolívar desde la Casa de Nariño hasta la Quinta de Bolívar. Fue el mismo escenario de donde el M-19 la hurtó en 1974 bajo el pretexto de «desobediencia civil», la muletilla de moda contra el sistema cuando el hoy mandatario apenas cumplía 14 años.

En julio de 2020, Iván Duque cometió la ingenuidad de sacarla del Banco de la República para llevarla al palacio presidencial. Sin saberlo, le regalaría a Petro la escenografía perfecta para tres grandes puestas en escena: el día de su posesión, el show rimbombante en la Plaza de Bolívar y el circo de hoy.

Tres actos que retratan a la perfección la verdadera sustancia de su mandato: puro espectáculo.

Lo más revelador de la jornada fue comprobar cómo el mandatario volvió a empeñar su palabra. Tras jurar que el 20 de julio sería su última intervención pública —es decir, su última descarga de bilis contra la oposición—, reapareció flanqueado por sus cortesanos de siempre, entre ellos Cielo Rusinque y Germán Ávila.

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Gustavo Petro durante su nuevo discurso en la Quinta de Bolívar/ Prensa Casa de Nariño

Desde allí desenfundó su gastado repertorio descalificador («mafioso», «paramilitar» y «ladrón») contra su nuevo archienemigo, Abelardo de la Espriella. Se trata del mismo abogado al que desdeñaba como un rival menor, pero que terminó arrollándolo en primera y segunda vuelta electoral.

Petro faltó a su compromiso, como de costumbre. Incluso se dio el lujo de ordenar a todas las guarniciones militares del país no prestarse a la posesión de De la Espriella.

Habría sido deseable que, con la misma vehemencia, ordenara frenar la frenética «firmatón» de contratos en las entidades estatales, donde a toda prisa intentan raspárselo todo antes de entregar las llaves.

Pretenden seguir repartiendo recursos a través de la ya saqueada Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), una entidad desfalcada al inicio del cuatrienio y revictimizada en el tramo final bajo el yugo del petrismo.

El descaro ha llegado al punto de adjudicar contratos al abogado de su propio hijo más allá del 7 de agosto para saldar la deuda del muchacho no criado; una escena aberrante que desafía cualquier antecedente institucional.

Pero no sorprende. El presidente Petro siempre traicionó su promesa: no representó el cambio, no desarticuló al ELN y mucho menos erradicó la corrupción; al contrario, la estimuló a niveles que ni Carmen Larrazábal en la embajada de Suecia habría imaginado.

La pregunta ahora es qué otras extravagancias vendrán. Ya devolvieron el sombrero de Carlos Pizarro, ya trasladaron la espada de Bolívar y no sería raro que sigan con la sotana del cura Camilo Torres, esa que tanto cita pero que solo la guerrilla conoce.

El megadiscurso del 20 de Julio no fue el portazo final: quedan más episodios para terminar de desdibujar lo que alguna vez se vendió como el primer gobierno de izquierda en Colombia, y que terminó convertido en su primer y más estrepitoso desastre político y electoral.

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