¿Llegó la hora de golpear al ELN en Venezuela?

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Análisis — Redacción El 7

Dos hechos ocurridos el mismo martes, a miles de kilómetros de distancia pero sobre el mismo tablero, dibujan con más claridad que nunca el frente de batalla que le espera al gobierno de Abelardo de la Espriella. En Barranquilla, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, confirmó que Washington ya conversa con el gobierno interino de Delcy Rodríguez sobre los campamentos del ELN en territorio venezolano, y no descartó que un eventual golpe contra esas estructuras “al otro lado de la frontera” sea posible. En paralelo, la orden presidencial de intensificar las operaciones contra esa guerrilla sacó de las sombras a alias “Silvana Guerrero”, comandante del Frente de Guerra Nororiental, quien respondió con un mensaje desafiante: “Ni un paso atrás, liberación o muerte”.

La ecuación que queda planteada es, en el fondo, bastante simple de enunciar y enormemente compleja de resolver: el ELN tiene su columna vertebral operativa —cabecillas, campamentos, logística— del lado venezolano de la frontera, con la connivencia de un chavismo que durante más de dos décadas le ofreció refugio, protección y, según denuncias reiteradas de inteligencia colombiana, incluso coordinación. ¿Alcanza con capturar o dar de baja a los jefes visibles, como Silvana Guerrero, si la estructura que los sostiene sigue intacta al otro lado del río?

Rubio: de la denuncia diplomática a la amenaza operativa

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Marco Rubio, el presidente Abelardo de la Espriella y el canciller Omar Bula/ @marcorubio

Lo dicho por Rubio no es una frase menor ni un exabrupto de rueda de prensa. El funcionario fue explícito: la posibilidad de una acción contra el ELN en Venezuela “se ha discutido no solo con el gobierno interino, sino que será discutido con el nuevo gobierno democrático de Venezuela”, y calificó la amenaza como algo que “no puede seguir” y que “tiene que ser rápido”.

Es la primera vez que un funcionario de ese rango pone sobre la mesa, de forma tan directa, la posibilidad de una acción militar transfronteriza contra la guerrilla, en un contexto además marcado por la caída de Nicolás Maduro en enero y la existencia de un gobierno interino que, según Rubio mismo reconoce, no ha roto del todo con la lógica de tolerancia hacia los grupos armados colombianos que operan desde suelo venezolano.

Ese matiz importa: Rubio no dijo que el problema ya esté resuelto con la caída de Maduro. Dijo, más bien, que “la connivencia de las autoridades del vecino país hacia ese grupo y las disidencias de las Farc no ha cambiado sustancialmente”. Es decir, el cambio de régimen en Caracas no vino acompañado, todavía, de un cambio de fondo en la relación entre el Estado venezolano y las estructuras armadas colombianas que allí se refugian. Ahí está la primera gran incógnita de este análisis: ¿un gobierno interino debilitado y en transición tiene margen real —o voluntad— para entregar o desmantelar esos santuarios, después de que el chavismo los sostuvo activamente durante casi treinta años?

Silvana Guerrero: el rostro visible de un problema estructural

El caso de alias “Silvana Guerrero” —Luz Amanda Pallares, exdocente rural convertida en comandante del Frente de Guerra Nororiental— ilustra bien esa profundidad del problema. No es una recluta reciente: lleva entre 25 y 30 años dentro del ELN, coordina una estructura estimada en 2.000 personas entre combatientes y redes de apoyo, y su zona de operación no se limita a Norte de Santander y el sur del Cesar: se extiende al estado Zulia, en Venezuela, donde —según el propio comandante de las Fuerzas Militares colombianas, general Erick Rodríguez— se estaría refugiando actualmente.

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De izquierda a derecha: ‘Antonio García’, ‘Gabino’ y ‘Pablo Beltrán’, cabecillas del Eln. Foto:Diario El Tiempo

Su trayectoria también resume la ambigüedad de los últimos años: participó en la mesa de diálogos entre el ELN y el gobierno de Gustavo Petro, que sesionó en Caracas entre noviembre de 2022 y enero de 2025 bajo el paraguas de la política de “Paz Total”. Es decir, mientras negociaba formalmente con el Estado colombiano, su estructura mantenía —y según las autoridades, sigue manteniendo— presencia armada y refugio en territorio venezolano. Que ahora reaparezca públicamente para desafiar al nuevo gobierno, acusando a otras facciones armadas de aliarse con el Ejército, sugiere que la presión sobre el Catatumbo y la frontera ya generó movimientos dentro de las propias estructuras del ELN, aunque no necesariamente su repliegue.

La pregunta que queda abierta

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El interrogante de fondo no es si Colombia tiene motivos para actuar —la evidencia de refugio, logística y protección del lado venezolano se ha documentado durante años, con o sin Maduro en el poder—, sino si existe hoy la combinación de voluntad política, capacidad militar y marco de cooperación binacional para traducir esa evidencia en una acción efectiva. Rubio dejó en claro que el tema está sobre la mesa de discusión con Caracas; De la Espriella dejó en claro, con la orden de intensificar operaciones y la ofensiva sobre cabecillas como Silvana Guerrero, que no piensa esperar a que esa discusión diplomática avance a su propio ritmo.

Entre esas dos velocidades —la diplomática, más lenta y sujeta a la relación con un gobierno interino todavía frágil, y la militar, que ya está en marcha del lado colombiano— se juega la respuesta real a la pregunta planteada: ¿llegó por fin la hora de golpear al ELN en Venezuela, o estamos ante otro capítulo de advertencias que, como en las últimas dos décadas, no logran traducirse en una acción sostenida contra los santuarios al otro lado de la frontera?


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