Maduro, ¿para qué?

Por Simón S. Doncel para El 7
Hay una palabra que está presente en la vida de todos: madurar. Es pasar de una etapa a otra, abandonar ciertos comportamientos y asumir otros.
Eso era, precisamente, lo que muchos esperaban de Venezuela cuando la Fuerza Delta del Ejército de Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro a comienzos de 2026.
Madurar era superar a Maduro. Dejar atrás al hombre que encarnaba la destrucción de Venezuela, la represión y el fracaso del chavismo.
Pero Maduro salió de escena y el chavismo no.
El sistema que construyó con Hugo CHávez sigue ahí. Y entonces aparece la pregunta que da título a esta columna:
Maduro, ¿para qué?
Durante años, el chavismo usó al antiimperialismo como el centro de su identidad política. Venezuela no podía depender de Estados Unidos, pero sí podía entregar petróleo a Cuba, financiar alianzas con Rusia o endeudarse con China. Todos tres con regímenes dictatoriales, pero aquello tenía otro nombre: soberanía, solidaridad revolucionaria, multipolaridad.
El petróleo era también una moneda de cambio. Servía para comprar armas, conseguir respaldo diplomático y mantener aliados como el régimen cubano.
Ahora el socio es Estados Unidos.
Y ahí aparece la contradicción que debería incomodar, sobre todo, a quienes colocaron al chavismo en un pedestal para la izquierda latinoamericana. El proyecto que prometía derrotar al imperialismo bajo las falsas banderas del bolivarianismo termina negociando con Washington y entregándose a Trump. El régimen que durante años acusó a Estados Unidos de querer quedarse con los recursos naturales venezolanos ahora le abre la puerta para utilizarlos.
¿Qué cambió?
El problema nunca fue entregar el petróleo. El problema era a quién.
De ahí sale el verdadero fracaso ideológico del chavismo: después de tantos discursos sobre soberanía, terminó demostrando que su principio más sólido no era el antiimperialismo, sino la supervivencia.
Una revolución capaz de actualizar el discurso cuando cambia el comprador. ¿Hoy se vale usar el término de McChavista?
Pero Estados Unidos tampoco está actuando por altruismo. Venezuela y Panamá (en el caso del control del Canal) muestran a un Washington decidido a ampliar su influencia en el hemisferio y a reducir el espacio de competidores como China y Rusia. Es una versión con esteroides de la Doctrina Monroe.
Estados Unidos hace lo que hacen las potencias desde siempre. China lo hace. Rusia lo hace. Y el chavismo, cuando pudo, también lo hizo dentro de su propia esfera regional y caribeña.
Por eso la discusión no debería ser solamente quién tiene el petróleo. Debería ser por qué una misma conducta cambia de nombre dependiendo de quién la ejecuta y a nombre de quién la ejecuta.
Si el petróleo termina en manos de Estados Unidos, ¿es imperialismo? ¿Y si termina en manos de China, es soberanía? ¿Si financia a Cuba es solidaridad revolucionaria? ¿Si financia a Washington es traición?
Los crímenes del chavismo siguen ahí y por ahora… seguirán ocurriendo.
Después de tantos años, quizá ya sea hora de madurar. De entender que hasta el chavismo puede tener al Yankee de amigo.
Maduro, ¿para qué? Para descubrir que el régimen podía cambiar de jefe, de aliado y hasta de enemigo, pero nunca de objetivo: seguir ahí enchufado.





