Beto Coral y la deportación del llamado “perro bravo” del petrismo en EEUU

Por Juan Valencia_Redacción Política /Durante años, Franklin Humberto Coral Garrido, conocido en las trincheras digitales como ‘Beto’ Coral, se consolidó como el “perro bravo” del petrismo en los Estados Unidos. Su dinámica era predecible: un activismo de micrófonos, cámaras de celular y proselitismo agresivo desde la comodidad de La Florida. Mientras se declaraba perseguido político, despotricaba del sistema que lo acogía y organizaba marchas en su contra. Su autoproclamada “misión” consistía en apostarse a las afueras del consulado de Miami para increpar y tildar de fascistas a funcionarios de carrera y a cualquier compatriota que osara disentir de la narrativa del presidente Gustavo Petro.
Alentado por un séquito digital que celebraba sus excesos como actos de heroica resistencia, Coral leyó muy mal los tiempos políticos y las leyes migratorias. Creyó que el grito digital lo blindaba. Hoy, la realidad le asesta un golpe de pragmatismo: su escudo se desmoronó tras un choque frontal con el hoy electo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, a quien denunció en Florida. El movimiento fue tácticamente catastrófico. Al final, la orden de su expulsión —tras permanecer un mes bajo rigurosa custodia federal en el estado de Arizona— llevó la firma del mismísimo secretario de Estado, Marco Rubio. Ante el abismo legal en el desierto fronterizo, no le quedó más que renunciar a su solicitud de asilo.
Lo más revelador es la predecible soledad en la que ha quedado. Aquellos petristas con residencia legal en Estados Unidos que antes aplaudían su agresividad, hoy miran para otro lado para resguardar su propio estatus en el “imperio”.
Para justificar su virulencia, Coral siempre utilizó como escudo ético la memoria de su padre, el capitán de la Policía Humberto Coral Alarcón —miembro del Bloque de Búsqueda asesinado en 1994—. Bajo la bandera de buscar justicia, terminó convirtiendo una tragedia familiar en una patente de corso para incendiar las redes.
A su llegada a Bogotá, la narrativa del “mártir” se activó de inmediato. El periodista Daniel Coronell transmitió el arribo con una solemnidad digna de la liberación de un preso político. Pero la puesta en escena contrasta con la realidad: descendió un tuitero deportado por violar las reglas de juego del país que lo acogía. Incluso Gustavo Petro, quien en el pasado lo ensalzó como “héroe”, prefirió no asomarse por el aeropuerto y delegó el protocolo en la canciller Rosa Yolanda Villavicencio. En la alta política, los alfiles ruidosos son útiles en la distancia, pero incómodos en la foto oficial.
Sin embargo, el libreto de la propaganda estatal que se ha tomado la narrativa del país durante estos cuatro años para favorecer a la Casa de Nariño ya tiene lista su coreografía. Lo más seguro es que en los próximos días María Jimena Duzán lo siente en su podcast para elogiarlo y permitirle victimizarse contando su historia. Casi en simultáneo, Hollman Morris lo recibirá en RTVC para poner a su equipo de activistas a producirle unas diez crónicas de “resistencia”, mientras el portal de Revista Raya se encarga de amplificar el relato con algún reportaje de apoyo.
Al final, tras el tour de aplausos pagado por el engranaje público, a Franklin Humberto Coral Garrido le espera la tradicional recompensa del oficialismo en el ocaso del gobierno: la rápida adjudicación de un contrato estatal o algún cargo menor para sostener su lealtad. El caso de ‘Beto’ es el vivo retrato de la desconexión del activismo de redes: pretendió pontificar sobre su país y fustigar a sus opositores desde el confort del Norte, pero olvidó que los imperios no tienen amigos, sino intereses. Quería librar la revolución desde la distancia; hoy, el retorno forzado desde Arizona lo aterriza de golpe en la realidad de la que tanto huyó.





