¿Mal perdedor o plan de huida? La excusa de Petro para no darle la cara a De la Espriella el 7 de agosto

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Por Juan Valencia – Redacción Política / A Gustavo Petro se le agotó el tiempo en la Casa de Nariño, y con el agua al cuello, parece haber encontrado la coartada perfecta para no asumir el veredicto de las urnas. En una decisión que se mueve entre el desplante institucional y el cálculo de quien prefiere no estar cuando se destapen las cartas, el mandatario saliente confirmó que no asistirá a la posesión de Abelardo de la Espriella, no le entregará la banda presidencial y, muy probablemente, abordará un avión rumbo al extranjero antes de que el nuevo gobierno tome juramento. Para maquillar la retirada, Petro ha desempolvado una vieja conocida: la narrativa de una supuesta “estafa electoral” de la que, hasta el sol de hoy, nadie ha visto la primera prueba judicial.

“No le voy a dar la mano, él sabe por qué”.

Gustavo Petro, justificando su decisión de no asistir al acto de transmisión de mando.

El “robo hormiga”: una teoría de conspiración a la medida

Para no pasar a la historia simplemente como el presidente que le dio la espalda a la tradición democrática del país, Petro ha preferido construir un relato de fraude que roza la ciencia ficción. Ante su Consejo de Ministros, aseguró que la victoria de De la Espriella no fue legítima, recurriendo a una pirueta matemática: según él, no hubo un fraude masivo y evidente, sino un supuesto “robo hormiga” de exactamente 848.000 votos.

Con esta cifra, extraída de un sombrero sin el aval de la Registraduría ni del Consejo Nacional Electoral, el mandatario saliente pretende salir del país con la narrativa de ser una víctima del sistema, asegurando una cómoda jubilación política en el exterior bajo el papel de “presidente moral en el exilio”, mientras evita el trago amargo de ver a su principal contradictor político ceñirse la banda presidencial.

El veto a los cuarteles: la última pataleta de poder

La incomodidad de Petro con el nuevo panorama político quedó en evidencia no solo con su inasistencia, sino con el uso del decreto para entorpecer los planes de la transición. Antes de empacar maletas, el presidente saliente emitió una directriz expresa que prohíbe a las guarniciones militares albergar la posesión de De la Espriella, un acto que el gobierno entrante planeaba realizar en el sur del país como un gesto de respaldo a las Fuerzas Armadas.

Aprovechando las últimas horas de su mandato legal, Petro usó su posición de comandante supremo para cerrarle las puertas de los cuarteles al nuevo presidente. Para diversos analistas de la plaza pública, este veto no es más que una mezcla de mezquindad administrativa y temor al fuerte respaldo que las bases militares ya le muestran al mandatario electo.

Salir por la puerta de atrás

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Prensa Casa de Nariño

Negarse a estrechar la mano de quien lo sucede en el cargo rompe con una tradición republicana que Colombia mantuvo incluso en sus épocas más convulsas. Al optar por salir de Colombia antes del 7 de agosto, Petro evita el juicio directo de la plaza pública en Bogotá y traslada su discurso a los micrófonos internacionales, donde es más fácil vender teorías de conspiración sin el contrapeso de la realidad local.

El 7 de agosto, la plaza de Bolívar recibirá a un nuevo mandatario con o sin la presencia de quien gobernó los últimos cuatro años. Mientras el país se prepara para un giro de 180 grados en su política de seguridad y economía, Petro se despide con una última puesta en escena: la de un presidente que prefiere la retirada antes que la confrontación democrática cara a cara tras una derrota inolvidable en las urnas.

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