¿En realidad puede Petro sonreír tranquilo y seguir modelando?

Por Humberto Barros F. / Gustavo Petro asegura en sus redes que puede dejar el cargo con la mente en paz, pero la realidad del país dicta otra cosa. Al llegar el 6 de agosto a la medianoche, entregará un territorio quebrado en seguridad, con un hueco fiscal incierto y un desorden institucional inédito. Más allá del desastre técnico en su balance, hay un cambio que salta a la vista y contradice toda su narrativa de retiro: su apariencia física.
En plena mudanza, Petro se ha dedicado a dos cosas: a negar la victoria de Abelardo De la Espriella y a posar en redes sociales como un improvisado modelo de pasarela masculina. Dice que está tranquilo planeando el futuro y asegura, sin parpadear, que el suyo fue “uno de los mejores gobiernos de la historia de Colombia”.
Para sostener el delirio, dispara un arsenal de teorías conspirativas y citas inconexas: mezcla la “contradicción de Einstein” con un filósofo español que supuestamente dijo que “la lucha de clases hoy se juega en las matemáticas”, culpa a medio millón de robots de defraudar las urnas y mete en la misma bolsa a Freud, a los evangélicos y al fentanilo. Petro opera como un pequeño Larousse de bolsillo: a medida que pasa el tiempo su “conocimiento” aumenta; cree que sabe de todo, habla de todo, lo hace mal y equivocado, pero jamás se queda callado.
Es ahí donde estalla la paradoja. Mientras escribe parrafadas donde evoca su pasado en el M-19 y recuerda con nostalgia cuando los pobres le abrían “sus camas o suelos de tierra”, hoy se muestra con las ínfulas de un nuevo rico. Exhibe gafas Ray-Ban y chaquetas de diseñador tan caras como estridentes, acompañadas de zapatos de millones de pesos. El mismo hombre que construyó su carrera exigiendo sacrificios al “pueblo” y atacando la “codicia” ajena, hoy posa frente a las cámaras derrochando la estética de la opulencia que tanto criticó.
El verdadero cambio de estos cuatro años no fue social, fue cosmético. Los expertos en cirugía plástica ya le contaron las costuras: un evidente estiramiento facial (lifting), implantes de cabello y los fuertes rumores de una liposucción para disimular el abdomen. Una metamorfosis radical que cualquier archivo de video y fotografía delata sin piedad. El cambio era para él, no para el país.
Ahí radica la esencia de este nuevo “Aureliano” de pasarela: puro relato, promesas vacías y una vanidad patológica. Asegura que los cien años de soledad por fin terminaron en Colombia gracias a él, pero el país real empeoró. Él se va sonriente, refugiado en datos acomodados sobre pobreza y desempleo, mientras culpa a Trump, a Netanyahu y a la “estupidez artificial” de truncar su utopía. Entre tanto, sigue modelando frente al espejo. Quizás sueña con el calabozo para fabricarse un final de mártir, un nuevo Allende caribeño. Pero la historia no da para tanto.
Por eso, lo más inteligente es lo que sugirió hace poco una columnista: ignorarlo. Dejar el eco de sus redes y pasar a los tribunales. Él y sus funcionarios tendrán que responder por el inventario de investigaciones que se abrirá el 7 de agosto, por más que intente culpar a los algoritmos de su fracaso. No es gratuito el rumor de que empaca maletas para Italia; su reciente viaje a Europa no fue diplomático, fue inmobiliario. Buscaba techo para arroparse en su segunda nacionalidad y blindarse de una eventual extradición.
De pronto es esa salida de emergencia, y no sus fantasías matemáticas, lo que hoy lo hace sonreír y declarar que se va feliz, mientras sigue vendiendo en X un país que jamás existió.





