El peor epílogo posible

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Por Humberto Barros F.

En un hecho ineludible y explicable tras un cúmulo de errores durante cuatro años continuos de la administración Petro, Colombia decidió en las urnas volver a virar a la derecha. La diferencia fue corta pero contundente: 250.803 votos a favor de Abelardo de la Espriella, que fueron aceptados por Iván Cepeda, quien pasará a ser senador de forma automática. Porque así es la política colombiana: un juego donde al final ni los perdedores pierden, y eso dice mucho del país.

Frente a esta realidad incontestable, la respuesta del aún mandatario ha sido la esperada. El saliente presidente Gustavo Petro lo demuestra en múltiples ocasiones mediante su cuenta de X, un espacio donde expresa sus opiniones, odios y amarguras, pero ante todo donde muestra su poco talante democrático. Petro ya no es lúcido. Sueña con ser —y digo sueña, porque ya su tiempo acabó— un líder revolucionario seguido por masas, alguien que rompe con todo tipo de normas para imponer las suyas, las cuales son bastante anárquicas, irreales y desordenadas. Todo producto inevitable de una vida tras el telón, llena de vicios y complicidades.

Enquistado en ese delirio, Gustavo Petro se va hablándole a la nada, diciendo tonterías como que todavía enamora, que se mueve invisible como un jaguar y que podría levantarse en armas y llevarse a una parte del ejército tras la derrota en las urnas. Lo dice con poesía, pero lo dice; y eso no es un político que se dice respetuoso de las democracias, eso lo dice un tirano que no sabe aceptar la derrota y que se va como un idiota, diciendo idioteces y mostrando que en el 2022 millones de colombianos cometieron un grave error escogiéndolo.

Sin embargo, detrás de esa cortina de humo poética se esconde la verdadera razón del desplome de su proyecto político. Cabe recordar que Iván Cepeda reconoció los resultados tras un demoledor informe de Ricardo Calderón en Noticias Caracol, donde se demostró con audios filtrados cómo se negoció un pacto con el sangriento Clan del Golfo para parar operaciones militares, hacer una purga de oficiales de inteligencia y dejarlos a sus anchas para pagarles el favor de haberlos apoyado en campaña. El Clan debía mostrar que la llamada “Paz Total” funcionaba, pero, como todo en el gobierno Petro: no funcionó y el experimento se volvió una pesadilla.

Ese desastre es precisamente lo que el autodenominado “Jaguar” quiere tapar hablando de fraude electoral, de alzarse en armas y demás tonterías en prosa: un intento desesperado por desviar la atención del escenario que le deja a De la Espriella, quien ya dijo que investigará paso a paso todas las decisiones y sus daños colaterales.

A seis semanas del final, el análisis puede sonar feo o grosero, pero es real. Allí están las evidencias de una administración que no deja nada sino muertos, deudas y entidades llenas de incompetentes que tomaron las peores decisiones posibles adrede; un legado que será difícil de reconstruir y traerá malestar, pero que será necesario afrontar si queremos tener, al menos, un país para las próximas generaciones.

Por eso, el epílogo de Petro es el peor posible. El resumen de este gobierno termina siendo la balada triste de un payaso que se va hablando de Netanyahu, pidiendo anular las elecciones y amenazando con irse a las armas. Ese es, trágicamente, su verdadero retrato de despedida.

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