Trump le pide a Francia cerrar sus fronteras y la oposición llama cobarde a un Macron acorralado

Por Redacción Internacional / Francia pasó el domingo contando los daños de la jornada más violenta de las últimas semanas, con un ayuntamiento incendiado, comercios saqueados, 2.397 detenidos y 997 policías y gendarmes heridos, siete de ellos de gravedad, según el Gobierno. Detrás de las cifras quedaba una pregunta que ya recorre toda la política francesa, quién manda hoy en el país. Hasta el Ministerio del Interior reconoce que a las marchas del sábado salieron 550.000 personas, y la CGT eleva la cifra a más de 800.000.
La respuesta más ruidosa llegó desde Washington. Donald Trump publicó en redes que Francia está “en llamas”, culpó a la inmigración de culturas distintas de haber destrozado a un país que, según él, fue grande, y cerró con una orden dirigida al Gobierno francés: “¡Cierren sus fronteras y tomen el control antes de que sea demasiado tarde!”.

El diagnóstico de Trump, sin embargo, no es el de París. En su mensaje a la nación, Macron no habló de inmigración. Culpó a “elementos facciosos procedentes de grupúsculos de extrema izquierda, a los que se sumaron numerosos delincuentes”, y enumeró el incendio del ayuntamiento de Limoges, el ataque a la oficina de turismo de Lyon, la irrupción en el ayuntamiento de Marsella y el asalto a la residencia del prefecto en Burdeos. “Nada lo justifica, nada lo explica, nada lo excusa”, dijo en un discurso de unos diez minutos, emitido a las 20.00 desde el Elíseo.
El presidente prometió ser implacable con saqueadores y autores de destrozos y anunció que desde el lunes el primer ministro presidirá una unidad de crisis. Pidió al ministro del Interior, Laurent Nuñez, extraer todas las lecciones en materia de inteligencia y anticipación, y dejó abierta la puerta a que los prefectos prohíban ciertas concentraciones. Al mismo tiempo, separó a los violentos de los manifestantes con reclamos legítimos, reconoció que el costo de la vida y el precio de los combustibles son una preocupación real y anunció mesas de diálogo con estudiantes, docentes y sindicatos. Atribuyó el alza de precios al conflicto en el Golfo Pérsico, y viajará a los países del Golfo para asegurar el suministro de combustible y gas.
El cobarde y el desbordado
Poco le sirvió. Jordan Bardella, presidente de la Agrupación Nacional, calificó la alocución de “lamentable” y dijo que este poder “cobarde y desorientado” ya no tiene nada que decirles ni proponerles a los franceses, ni siquiera la fuerza de protegerlos. Bruno Retailleau, líder de Los Republicanos, fue más allá. Pidió solemnemente al presidente que decrete el estado de emergencia y lo describió como totalmente desbordado, incapaz de oponer la fuerza del Estado al desorden. Éric Ciotti, aliado de la ultraderecha, llegó a decir que soñaba con que Macron asumiera su impotencia, presentara su renuncia y adelantara las elecciones presidenciales.
Marine Le Pen, por su parte, esquivó la palabra cobarde pero dio el mismo golpe. Dijo que las reivindicaciones sociales fueron secuestradas por la extrema izquierda y pidió a los franceses resistir unos meses más, hasta que su partido los libere de las políticas macronistas y los proteja de la violencia.
La calle ya es campaña
Detrás de la pelea por el orden hay un cálculo electoral que nadie esconde. La primera vuelta de las presidenciales es el 18 de abril de 2027, y Macron dijo que el país merece debates entre partidos y no en la calle, una frase que muchos leyeron como dirigida a Jean-Luc Mélenchon. El líder de La Francia Insumisa, segundo en varios sondeos, rechaza haber organizado las protestas, dice que respalda una movilización pacífica y apunta contra el mando policial en París. Lo acusan el primer ministro Sébastien Lecornu, que habló de una “escalada irresponsable”, y el centrista Gabriel Attal. Una encuesta de Odoxa para Le Figaro indica que el 78 % de los franceses cree que Mélenchon incita las protestas como un gol electoral.
El cuadro es incómodo para todos. Un presidente que promete mano fuerte mientras su oposición lo acusa de debilidad, una extrema derecha que huele poder y una izquierda radical a la que le cuesta separarse de los saqueos. Y Trump, desde lejos, echando leña.
Con información de Europa Press





