Iván Cepeda y el lado incorrecto de la historia

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Por: Humberto Barros F. para El 7

El desespero político se nota en las encuestas y en las demandas de última hora. A pocos días de la segunda vuelta, los sondeos de Atlas Intel y Guarumo Econoanalítica le dieron un bofetón al Pacto Histórico: Abelardo de la Espriella, el candidato del Centro Democrático, ya le saca entre 7 y 10 puntos de ventaja a su rival.

La reacción del senador Iván Cepeda ha sido la de un heredero atrapado y asustado ante una derrota inminente. Desde su tribuna, Cepeda se dedicó a meter una ráfaga de denuncias absurdas contra el ganador —peleando desde el uso de la camiseta de la Selección Colombia hasta supuestos crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional—, mientras regaña a los ciudadanos que no van a votar por él y les reclama no estar “del lado correcto de la historia”. El mito de que la izquierda radical era invencible en las urnas se cayó por completo.

Este pánico contrasta con la comodidad y la plata con la que el senador armó su camino a la Casa de Nariño para la primera vuelta del 31 de mayo. Protegido con el presupuesto del Estado, la suya fue una campaña perezosa. Financiada de frente con recursos públicos para pagar influenciadores, eventos oficiales e incluso biografías por encargo pagadas sin pudor alguno por la Casa de Nariño, posó como el único tipo ético de la política colombiana. Todo esto respaldado por periodistas amigos que le armaron entrevistas cómodas para que repitiera, en monólogos eternos, sus ataques de siempre contra el uribismo. Porque para el candidato del Pacto Histórico el uribismo es responsable de todos los males de Colombia; no en vano lo menciona hasta el cansancio en cada uno de sus interminables discursos.

Para entender cómo Cepeda terminó como candidato de continuidad, hay que recordar cómo se infló en los juzgados. Su campaña nació del proceso judicial contra Álvaro Uribe, impulsado por la jueza Sandra Liliana Heredia. Un caso en el que pronto se vieron las costuras políticas, bajo la sombra del exfiscal Eduardo Montealegre, que, por cierto, ha tenido jugosos contratos en el gobierno Petro. Aunque esos andamiajes jurídicos se desmoronaron con Álvaro Uribe Vélez, la narrativa ya estaba impuesta, y el mensaje era uno solo: habemus heredero. ¿Y quién más para el cargo que el hombre que, desde el Senado, fue el principal arquitecto de la “Paz Total”? Esa política que, en lugar de traer calma, terminó siendo una feria de beneficios para narcos, paras y disidencias de las FARC, y que hoy deja más violencia y más muerte.

Pero la gente no es boba y terminó reaccionando ante la cruda realidad del día a día con sus votos. Aquí radica la gran paradoja de esta historia: Gustavo Petro cierra su mandato con una popularidad base que supera el 40%, pero a sus espaldas deja un desastre inocultable. Le entrega a Colombia un país económicamente quebrado, con la seguridad pública por el piso y salpicado por escándalos de corrupción brutales, encabezados por el caso de su propio hijo, Nicolás Petro. Y mientras las arcas del Estado fueron saqueadas sin pudor, ahora muchos de sus funcionarios corren a buscar abogados para blindarse antes de tener que entregar el cargo el próximo 7 de agosto, temerosos de los escándalos aún no divulgados.

Con un evidente desprecio por las instituciones, Petro intentó imponer a su sucesor a como diera lugar, ignorando el desgaste institucional que esta maniobra dejaba a su paso. Y como si fuera poco, Cepeda también buscaba obligar al país a seguir su libreto ideológico, intentando colar una Asamblea Constituyente disfrazada de “acuerdo ciudadano”. Pero ambos olvidaron que la gente no vive de dogmas, sino de resultados.

Como hemos advertido desde esta tribuna, el próximo 21 de junio las urnas pondrán las cosas en su sitio. Ese día, Colombia decidirá si premia el desastre o castiga el engaño.


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