Iván Cepeda, el ‘desobediente’ que no acepta su derrota… pero sí su curul gratuita

El excandidato del Pacto Histórico, beneficiado con una curul en el Senado bajo el estatuto de oposición, amenaza con desconocer al gobierno entrante. Detrás del ruido de la nacionalidad de Abelardo de la Espriella, se esconde el pánico del petrismo a una auditoría forense y la urgente necesidad de blindar a Petro frente a una eventual extradición.
Por Juan Valencia / Redacción política – Iván Cepeda anunció este martes que encabezará una jornada de “desobediencia civil pacífica” contra el gobierno de Abelardo de la Espriella. ¿Su condición para frenarla? Que el mandatario electo renuncie a su ciudadanía estadounidense, aclare sus supuestos vínculos con la DEA y detenga lo que califica como una “persecución” contra Gustavo Petro.
El anuncio llega apenas días después de su derrota en las urnas; un resultado que, paradójicamente, le garantiza un asiento directo en el Senado por los próximos cuatro años gracias al estatuto de la oposición.
Las exigencias del “demócrata” derrotado
A través de un video en sus redes sociales, Cepeda argumentó que De la Espriella contrajo “compromisos incompatibles” al adoptar la nacionalidad norteamericana. “El juramento de ciudadanía de Estados Unidos establece una obligación de lealtad exclusiva a su orden constitucional cuando exista un conflicto con otros países”, subrayó.
“Su posesión estará viciada, sin lugar a dudas”, sentenció el congresista, quien aprovechó para revivir el pasado de De la Espriella como abogado de Alex Saab. “Para ser jefe del Estado colombiano y garante de nuestra soberanía, no se puede ser agente de la DEA”, insistió.
Para darle peso a su discurso, Cepeda citó una denuncia de congresistas demócratas sobre supuestas “transacciones bancarias e inmobiliarias financiadas parcialmente por Saab” que presuntamente beneficiaron al presidente electo.
El verdadero miedo: la auditoría forense y la impunidad

Sin embargo, tras el discurso antiestadounidense se esconde el verdadero motivo de la jugada, dictada directamente por Petro en su reunión en la Casa de Nariño. La principal preocupación del gobierno saliente son los anuncios de De la Espriella de solicitar una rigurosa auditoría forense para destapar en qué estado dejan el país, qué contratos se amarraron a última hora y qué órdenes ilegales se impartieron.
Ante el pánico de lo que esa revisión pueda arrojar, la orden de Petro a Cepeda fue clara: activar el escudo político. Por eso, llama poderosamente la atención que el núcleo del reclamo de Cepeda sea exigir que Petro no sea extraditado.
Un blindaje desesperado que resulta indignante si se mira el retrovisor: ocurre justo cuando se revela cómo los comisionados de paz del gobierno saliente frenaron operaciones militares, maniatando a la Fuerza Pública. Una pasividad que facilitó el fortalecimiento y la expansión del narcotráfico del Clan del Golfo, las disidencias de las FARC y la Segunda Marquetalia —los mismos que cobraron la vida de figuras como Miguel Uribe Turbay—. Mientras el país quedó a merced del crimen, la prioridad de Cepeda hoy es garantizar la impunidad de su jefe político.
La paradoja del premio de consolación
Mientras Cepeda lanza ultimátums para tapar el desastre de orden público, las llamadas “bodegas” petristas —lideradas por figuras como Gonzalo Guillén, Iván Gallo y Daniel Mendoza— canibalizan sus propias filas. Hoy culpan directamente a Cepeda de la derrota, tildándolo de mal candidato, y le reclaman con furia que no haya salido a denunciar un supuesto fraude electoral de inmediato.
Sin embargo, el panorama cambió tras la reunión a puerta cerrada en la Casa de Nariño, donde Gustavo Petro recibió a los derrotados para un tour de despedida. Aunque Cepeda se había resistido a cantar fraude para no quedar en ridículo, tras recibir las directrices directas de su jefe político el libreto parece estar cambiando. Aún no se sabe si cederá completamente a la presión de las bodegas, pero la orden de Petro de encender las calles ya está dada. Una farsa que choca de frente con cualquier principio democrático.
¿Quién saldrá realmente a las calles?
Cepeda invitó a sus electores a “desconocer pacíficamente cualquier orden, disposición o mandato” del nuevo gobierno. “Cuando la ley, las instituciones o la autoridad entran en conflicto con la conciencia moral, el ciudadano tiene el derecho y el deber de resistir”, sentenció.
Sin embargo, el panorama real es distinto. Es poco probable que el propio Cepeda —con sus conocidos problemas de movilidad— lidere las marchas en el asfalto. Al mismo tiempo, los rumores apuntan a que Gustavo Petro ya prepara su retiro hacia Italia para apelar a su propia doble nacionalidad; un detalle que, curiosamente, no parece incomodar a las huestes del Pacto Histórico que hoy exigen una “tercera vuelta” en las calles.
Al final, aunque algunos sectores de la izquierda sigan pidiendo que se repitan las elecciones, las urnas ya hablaron. Ahora les quedan cuatro años para hacer oposición desde el mismo Congreso que les sirvió de premio de consolación. La farsa, como de costumbre, termina cayendo por su propio peso.





