China se lava las manos con los drones de los armados en Colombia

La Embajada rechazó el informe de Inteligencia sin explicar cómo llegan componentes chinos a manos de los grupos armados que ya suman más de 440 ataques con drones.
Por Juan Valencia – Redacción Política / La Embajada de China en Colombia salió a cerrar filas, pero no a responder. En un pronunciamiento en su cuenta de X, la representación diplomática dijo haber tomado nota de la información de Caracol Radio sobre los ataques con drones, la calificó de carente de rigor y la acusó de sembrar un miedo irrazonable hacia la tecnología. Su argumento central es que el progreso tecnológico beneficia a la humanidad y que lo decisivo es quién usa un aparato y cómo, no quién lo inventó ni de qué país viene.
El informe que provocó la reacción describe un fenómeno que ya no es marginal. Según cifras de inteligencia militar reveladas por Caracol Radio, entre enero de 2024 y el 5 de octubre de 2026 se registraron más de 440 ataques con aeronaves no tripuladas cargadas con explosivos, una cifra que los medios sitúan en 442 o 443 según la fecha de corte. El análisis habla de una capacidad de baja altura, barata y flexible que permite a los armados vigilar, reconocer posiciones y golpear sin exponer a quien opera el equipo. Y plantea que, con un nivel de confianza medio-alto, buena parte de las plataformas y componentes probablemente procede del ecosistema industrial chino.
Aquí está el punto que la embajada esquiva. Ese mismo análisis aclara que no hay evidencia pública de que el Gobierno chino o sus empresas promuevan el uso criminal de estos equipos. En el documento nadie acusa a Pekín de armar a los grupos ilegales. Lo que advierte es algo más incómodo, y es que drones comerciales, comprados en el mercado y modificados con motores, cámaras, baterías y sensores disponibles comercialmente, terminan convertidos en armas. Por eso propone fortalecer la trazabilidad y crear un mecanismo de cooperación entre Colombia y China para identificar fabricantes, distribuidores y posibles rutas de desvío.
Frente a esa propuesta concreta, la respuesta china es una declaración de intenciones. Asegura que su Gobierno controla con rigor la exportación de artículos de doble uso, drones incluidos, que se opone al uso ilegal de aparatos civiles con fines no pacíficos y que rechaza la politización de una supuesta amenaza tecnológica china. Todo eso puede ser cierto. Pero ninguna de esas líneas explica cómo equipos fabricados bajo ese régimen de control terminan en estructuras armadas colombianas, y en el texto conocido la embajada tampoco se refiere a la oferta de cooperación en trazabilidad que la propia inteligencia colombiana pone sobre la mesa.
Hay que ser sinceros con lo que dicen. La embajada acierta en algo, y es que señalar el origen de un dispositivo no significa que su fabricante esté implicado, algo que reconocen incluso los medios que replicaron la alerta. También es legítimo cuestionar un razonamiento que se apoye solo en la cuota de mercado. Pero acierta a medias. China es el principal fabricante mundial de drones de consumo, y esa es precisamente la razón por la que su cooperación importa. Quien domina la oferta no puede ser indiferente a lo que ocurre con ella.
Porque la discusión de fondo no es de reputación sino de control. Más de 440 ataques en menos de tres años obligan a saber cómo se rastrea una cadena de suministro que hoy parece abierta de par en par para quien quiera comprar, modificar y lanzar. Un país que sufre los ataques necesita respuestas operativas, no comunicados. Y mientras Pekín no diga si está dispuesto a sentarse a trazar la ruta de esos aparatos, la frase de que el problema es solo de quien los usa seguirá sonando a lavarse las manos.





