Delcy Rodríguez le promete al mundo elecciones en Venezuela, pero se guarda la fecha bajo la manga
Delcy Rodríguez prometió elecciones ante la ONU sin fijar fecha, mientras Venezuela sigue con Maduro preso, 344 presos políticos y un acuerdo petrolero con Trump.

Sonriente, tras reunirse con Trump, la presidenta encargada de Venezuela le prometió al mundo elecciones “cuando el pueblo soberano” lo decida. Ningún venezolano en el exilio la vio fijar una fecha.
Por Redacción Internacional / Delcy Rodríguez llegó este miércoles al pleno de la Asamblea General de la ONU con la foto ya hecha. Horas antes se había reunido con Donald Trump en el hotel Lotte Palace de Nueva York, sonriente, en el primer encuentro entre un presidente estadounidense y un gobernante venezolano en más de una década. Desde ese mismo escenario, en el primer discurso de un mandatario venezolano ante el pleno de la ONU desde 2018, soltó la frase que buena parte del mundo llevaba años esperando escuchar de un chavista: “En Venezuela habrá elecciones”. La aplaudieron. Después vino el matiz que cambia todo el sentido de la frase, no dio ninguna fecha, y dijo que sería “el pueblo venezolano, con su sabiduría ancestral”, el que determinara “el momento correcto”.
Es un anuncio hecho a la medida de quien lo pronuncia. Rodríguez heredó el poder de forma interina en enero, tras la captura de Nicolás Maduro en un operativo militar estadounidense que también detuvo a su esposa, Cilia Flores. No llegó al cargo por una elección, y hoy gobierna con el respaldo abierto de Washington. Prometer elecciones sin fecha le permite decir que camina hacia la democracia sin comprometerse a un plazo que la obligue a nada. Y lo dice, además, sin pronunciar una sola vez el nombre de Maduro, el hombre al que ella misma acompañó como vicepresidenta durante años y que hoy sigue preso a pocos kilómetros de donde ella hablaba.

Detrás de la sonrisa hay un país que no ha visto ningún gesto de apertura real. Foro Penal contaba, hasta el 14 de septiembre, 344 presos políticos en Venezuela. Es la cifra que queda después de dos décadas de chavismo en las que, según distintas organizaciones y medios, se cerraron cerca de un centenar de medios de comunicación y se expropiaron más de 1.000 empresas y unas 500.000 viviendas, sin contar la persecución sistemática a periodistas, activistas y opositores. Ese es el gobierno que hoy, sin haber liberado a esos presos ni fijado una fecha electoral, se presenta ante la ONU con el lenguaje de la transición democrática.
Lo que sí hay, y con nombre y cifra, es negocio petrolero. El 28 de agosto, Rodríguez y Trump anunciaron un acuerdo por el que Washington controlará más del 20 % de las reservas de crudo venezolanas, unos 65.000 millones de barriles. En su discurso ante la ONU, Rodríguez celebró justamente ese acuerdo y dijo que “durante demasiado tiempo fuimos un país dividido entre trincheras” y que esa etapa “debe cerrar para dar espacio a un nuevo tiempo político”. Cambió trincheras por barriles, y el mundo entero fue testigo de la transacción en tiempo real, aplaudiendo una reconciliación diplomática que hasta ahora no le ha costado al chavismo ni una sola concesión verificable en materia de libertad.

La contradicción queda expuesta con solo mirar el calendario que la propia Rodríguez evitó fijar. Mientras ella hablaba de que “el pueblo es soberano”, citando a Bolívar, en su propio gobierno hay una segunda ronda de diálogo con un sector de la oposición que no incluye ni a María Corina Machado ni a Edmundo González, los referentes que millones de venezolanos en el exilio reconocen como la oposición real.

El senador republicano Bernie Moreno, asesor de Trump para la región, ya propuso una fecha concreta, el 24 de julio de 2027, y admitió que hoy el país no está listo. Si hasta el propio entorno de Trump ve necesario poner una fecha sobre la mesa, la pregunta que le queda pendiente a Rodríguez es por qué ella, con el poder de convocarlas, sigue sin hacerlo. El aplauso que se llevó en Nueva York no borra la distancia entre lo que se dijo y lo que se hizo. Una promesa sin fecha no es una transición, es una forma elegante de pedir tiempo. Y el tiempo, para los presos políticos que siguen tras las rejas y para los millones de venezolanos que llevan años esperando salir del país o volver a él, es exactamente lo único que no sobra.





