¿Quién es el facho?

Por Simón S. Doncel para El7.news
“Facho” se ha convertido en una de las palabras favoritas del petrismo en esta campaña presidencial. Se usa para descalificar opositores, periodistas, empresarios, congresistas, gremios y, en general, a cualquiera que cuestione al Gobierno o al candidato oficialista. Ya no importa el argumento. Basta con disentir para recibir la etiqueta.
Desde distintos sectores del oficialismo se repite la misma acusación: “fachos”, “paracos”, “enemigos de la democracia”, “ultraderechistas”. Pero antes de seguir repartiendo certificados de fascismo, vale la pena hacerse una pregunta elemental: ¿quién es realmente el facho?
Conviene recordar de dónde viene la palabra.
El fascismo surgió en la Italia de Mussolini. No se definía simplemente por ser un movimiento de derecha, sino por una serie de rasgos autoritarios: el culto al líder, la pretensión de representar al verdadero pueblo, la descalificación de la oposición, la subordinación de las instituciones y la construcción permanente de enemigos internos.
El fascismo no llegó prometiendo destruir la democracia. Llegó asegurando que solo él representaba auténticamente la voluntad popular. Por eso resulta pertinente revisar algunos comportamientos del petrismo y otros proyectos políticos con esta misma tendencia para que saque sus conclusiones:
Primero: el culto al líder.
Cuando un movimiento gira alrededor de una sola figura, mitificada, un super hombre magno en sus ideas y acciones, toda crítica se interpreta como una agresión al pueblo, la política deja de girar alrededor de las ideas. En el petrismo, los escándalos, errores y contradicciones presidenciales rara vez se discuten. Se justifican. Quien cuestiona a Petro no estaría criticando a una persona, sino atacando al pueblo.
Segundo: la división del país entre buenos y malos.
Los autoritarios aceptan la pluralidad; tienen enemigos. El discurso oficial ha convertido a quienes no respaldan sus reformas en defensores de privilegios, enemigos del cambio o representantes de intereses oscuros. La política deja de ser deliberación para convertirse en una batalla moral.

Tercero: el desprecio por los contrapesos institucionales.
Las cortes, el Congreso y los organismos de control son legítimos cuando acompañan al Gobierno. Cuando lo contradicen, son acusados de bloquear la voluntad popular.
Sin embargo, la democracia existe precisamente porque ningún gobernante puede hacer siempre lo que quiere. Los contrapesos no son un obstáculo para la democracia. Son la democracia funcionando.
Cuarto: la captura progresiva del poder.
Los proyectos autoritarios no se conforman con ganar elecciones o reelegirse. Buscan extender su influencia sobre todas las instituciones. Por eso resulta preocupante el deterioro de varios indicadores internacionales sobre calidad democrática e institucional. Cuando la independencia de los poderes públicos empieza a verse como un problema, el problema es otro.
Quinto: la hostilidad contra la prensa.
Los medios libres existen para vigilar al poder. Sin embargo, desde el Gobierno se ha vuelto frecuente señalar periodistas, desacreditar medios críticos y atribuir investigaciones incómodas a conspiraciones políticas e incluso montar su aparato de propaganda con el Sistema Público de Medios.
La historia demuestra que los gobiernos con inclinaciones autoritarias siempre terminan viendo a la prensa independiente como un enemigo.

Sexto: el uso de etiquetas para expulsar al adversario.
Las democracias responden a argumentos, cifras y leyes. Los autoritarios reparten rótulos.
“Facho”, “paraco”, “enemigo del cambio”. El propósito no es debatir sino deslegitimar. No es convencer sino excluir.
Y aquí aparece la mayor paradoja.

Quienes más utilizan la palabra “facho” parecen haber olvidado que el fascismo nunca comenzó llamándose fascismo. Comenzó afirmando que representaba al pueblo. Comenzó señalando enemigos internos. Comenzó deslegitimando instituciones. Comenzó atacando a la prensa. Comenzó convencido de que cualquier crítica era una amenaza.
Por eso vale la pena volver a la pregunta inicial.
¿Quién es el facho?:
¿El ciudadano que discrepa? ¿El periodista que investiga? ¿El opositor que critica el escándalo del Gobierno?
¿O quién desde el poder divide a los colombianos entre amigos y enemigos, señala a la prensa, acaba con los contrapesos y pretende monopolizar la representación del pueblo?
Que cada quien saque sus propias conclusiones.





