Petro entre la desesperación, el delirio y el negacionismo electoral

Por Humberto Barros F.
El presidente Gustavo Petro ha tenido un fin de semana delirante, casi esquizofrénico. Basta leer sus redes sociales donde habla y habla sin parar de fraude e intenta arrastrar votantes hacia Iván Cepeda a como dé lugar, tildando a su rival de nazi, paramilitar y fascista. Esta última palabra es su mantra, coreado por funcionarios que se autoproclaman expertos en el tema. Para el petrismo, citar a los mismos autores y repetir el insulto es una biblia que todos leen y recitan en voz alta.
Pero esta ofensiva de insultos no es más que la justificación para un plan que va mucho más allá de los trinos. Petro no asimila la derrota de la primera vuelta y busca retomar su plan inicial: sacar a sus huestes a las calles. Su objetivo es promover desórdenes y marchas para impulsar una Asamblea Nacional Constituyente que reescriba a su acomodo la Constitución del 91. Una narrativa hecha una perorata, inverosímil, pero cierta.
Petro necesita las calles para blindarse de la corrupción. Debe responder por el robo a la UNGRD, el negocio de los aviones con Saab que llevó a su esposa a vivir con lujos en Suecia, la compra irregular de tierras por la Agencia de Tierras , el saqueo a las EPS y a Air-E, los contratos en Ecopetrol , las movidas con los bienes de la SAE que hizo su ministro de Educación, el caos y muertos de la llamada ‘Paz Total’. Una lista interminable de enredos protagonizados por funcionarios ineptos, deshonestos e incapaces.
El presidente ha encontrado en la calumnia su mejor escudo. Ahora acusa a Trump de permitir que el narcotráfico gane elecciones, olvidando que a inicios de año pidió, casi llorando, una cita para explicarle al mandatario estadounidense que no tenía nada que ver con Maduro. Hoy vuelve a atacar a Washington para venderse como rebelde ante públicos llevados en buses y con refrigerios pagados por los contribuyentes. A estas audiencias cautivas les habla en un estado deplorable, con la voz arrastrada y la mirada perdida, como si él mismo no supiera bajo qué condición o el influjo de qué se encuentra. En medio de estos trances, repite sin parar que hubo fraude el 31 de mayo y que Colombia caerá bajo una letanía de motosierras, narcos y paramilitares. Y, por supuesto, no puede faltar su muletilla: el fascismo.
Petro demuestra que no respeta la ley ni a nadie. Por eso ataca hasta a los jugadores de la Selección Colombia ad portas de un Mundial, y ahora se lanza contra Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo con calificativos de todo tipo. Interfiere abiertamente en la política sin que nadie haga nada para evitarlo, pues nunca se había visto a un mandatario en ejercicio proceder así. Su actuación confirma que la desmovilización del M-19 fue solo de papel. Tal vez por eso su entorno saqueó el Estado con su visto bueno; él sabía que se rompían las leyes, pero qué carajo: la “revolución” lo justifica todo. Y la culpa, siempre, es de los fascistas.
Luego está su candidato. Iván Cepeda construyó su propuesta alrededor de Petro, pero las urnas le dieron una sorpresa y se subió en el bus del negacionismo electoral que ordenó su jefe político. Ahora intenta desmontarse y alejarse, pero nadie le cree. Nadie cree que de pronto no quiera la Constituyente, que vaya a acabar con la Paz Total o que se convierta en un soldado contra la corrupción, cuando su padrino le deja un legado tan amplio. Corrupción y populismo: la misma mezcla que dejó a Venezuela en ruinas.
Todavía falta mucho de aquí al 21 de junio, y esperaremos más desbordes del presidente. Lo curioso es que muchos de los llamados “bienpensantes” de Colombia —desde actores hasta exmagistrados— y las vacas sagradas del periodismo independiente lo siguen defendiendo. No son conscientes del grave error de haber validado a un sujeto errático, pero totalmente consciente del daño que causa.
Petro actúa así para dejar su marca: la huella del jaguar, la huella de Aureliano. Se vende como la huella de un inconforme que lo hizo todo por “los pobres y olvidados”, pero no es más que un mito. Las acusaciones de corrupción contra su familia y allegados, por haber hecho de todo para enriquecerse, lo demuestran. Aunque, pensándolo bien, tal vez el robo también haga parte de su huella.
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