Treinta años de lluvia, barro y rock, así se ganó Rock al Parque su leyenda

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Por Amira Maloof para El 7 / Bogotá no se lo pone fácil a nadie que quiera llegar al Parque Simón Bolívar. Hay que cruzar trancones que no ceden ni un viernes festivo, esquivar huecos que llevan años esperando turno y sortear obras de infraestructura que parecen eternas, de esas que la ciudad promete terminar “el próximo semestre” desde hace una década. Y aun así, cada año, cientos de miles de personas hacen ese trayecto por una sola razón, entrar gratis al festival de rock más grande de América Latina.

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Este año la cita es más grande que nunca. Rock al Parque cumple 30 años, y lo celebrará del 10 al 12 de octubre con más de 80 artistas de 15 países, repartidos por primera vez en cuatro escenarios en lugar de los tres habituales, con el nuevo Escenario BBC sumándose a la fiesta. El cartel mezcla nombres que ya son leyenda con la escena emergente de la ciudad, Mon Laferte, Ministry, Editors, Apocalyptica, Los Bunkers, Rata Blanca, Porter, Tokyo Ska Paradise Orchestra y Serú Girán encabezan una programación que también le abre espacio a bandas locales que llevan años tocando en garajes y bares antes de subirse a esa tarima. El lema de esta edición lo resume bien, “30 años, 30 ediciones, estremeciendo a Bogotá”.

Todo empezó en 1995, en la Media Torta, cuando el gestor cultural Mario Duarte y la Alcaldía Mayor armaron un encuentro de bandas locales que nadie imaginó que se convertiría en una institución. Tres décadas después, sigue siendo gratis, sigue siendo del Estado, a través del Instituto Distrital de las Artes, y sigue siendo, para cualquier banda colombiana o latinoamericana que quiera hacerse un nombre, el examen más duro que existe. En Rock al Parque no hay medias tintas, el público es implacable y, si algo se ha ganado fama en la escena, es esa frase que corre de generación en generación entre los músicos que han pasado por ahí, en ese escenario brillas o mueres.

Y no es solo el público el que pone a prueba a los artistas. El clima bogotano tiene su propia forma de hacer justicia, o de no hacerla. El festival ha construido buena parte de su mitología sobre momentos en los que el frío, la lluvia y el barro se volvieron parte del show. En 2005, Apocalyptica tocó bajo un aguacero torrencial mientras miles de personas coreaban los arreglos de violonchelo sin moverse un centímetro, un episodio que hoy se cuenta como prueba del aguante del público capitalino. En 2014, Kraken volvió al escenario con Elkin Ramírez al frente, el “Titán” del metal nacional, en una de las presentaciones más emotivas que ha visto el parque, poco antes de su partida física. Y en 2018, Fito Páez llenó el Simón Bolívar hasta reventar, en una de las asistencias más masivas de la historia del festival.

Esa combinación, de clima hostil, parque enorme y público que no perdona a quien sale a medio ensayar, es lo que ha hecho de Rock al Parque algo más que un festival gratuito. Es una ventana de alto perfil para la música alternativa en español y en varios idiomas más, un lugar donde una banda emergente puede compartir cartel con una leyenda internacional en la misma tarde, y donde el reconocimiento no se compra, se suda, literalmente, bajo la lluvia bogotana.

Para esta edición número 30, la celebración no se queda solo en el parque. Habrá una exposición del Archivo de Bogotá sobre el impacto sociocultural del festival, un foro de periodismo musical en la Biblioteca Virgilio Barco los días 8 y 9 de octubre, y estrategias de ecofestivales orientadas a la gestión ambiental de un evento que, con el paso de los años, tuvo que aprender a convivir con su propio tamaño. Porque eso es, en el fondo, Rock al Parque, un festival que empezó como un experimento local en una tarima pequeña y terminó convirtiéndose en el mayor acto de fe colectiva que tiene Bogotá con su propia música, una ciudad que no te pone fácil llegar, pero que, una vez adentro, te lo compensa con creces.


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