A los 82 años fallece el cineasta argentino Adolfo Aristarain, el hombre que dejó que la cámara respirara

Redacción Cultura EL 7 -29 de abril-
El domingo, Buenos Aires perdió uno de sus narradores más lúcidos. Adolfo Aristarain (1943-2026) apagó la cámara a los 82 años, no como quien abandona un set, sino como quien cierra el último plano de una historia que, en el fondo, nunca deja de proyectarse.
Nacido en el Parque Chas, Aristarain no llegó al cine por vocación, sino por obsesión. Fue de esos cineastas que aprendieron el oficio sudando en los bordes del rodaje: meritorio, sonidista, montador, ayudante de producción, asistente de dirección. Conoció el peso de los carretes antes que el de la silla. Y cuando por fin se sentó detrás de ella, no buscó la gloria; buscó la verdad. Devoto de John Ford y de Alfred Hitchcock, pero con la mirada clavada en la herida rioplatense, construyó una filmografía que respiraba humanidad, memoria y ese realismo pausado que solo existe cuando la cámara no juzga, sino que acompaña.
Fue puente entre dos orillas. Durante siete años vivió en España, donde no solo rodó, sino que amó el cine español como propio. Un lugar en el mundo (1992) y Lugares comunes (2002) le dieron dos Premios Goya, pero también un lugar en la historia del celuloide: la primera fue nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera, un reconocimiento que la Academia de Hollywood anuló por un tecnicismo de coproducción, pero que el público y la crítica nunca dejaron de validar. En 2024, la Academia de Cine Española le otorgó la Medalla de Oro, convirtiéndolo en el primer director argentino en recibirla. «El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce. Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es», confesó entonces, como quien admite que el arte siempre termina entregando al que lo hace.
Su nombre fue brújula silenciosa para la generación que vino después. Directores como Pablo Trapero, Lucrecia Martel e Israel Adrián Caetano reconocieron en sus planos la semilla del Nuevo Cine Argentino: esa cámara que se arrodilla ante el personaje, que no explica, sino que muestra. Aristarain también dejó huella en las aulas: formó a nuevas generaciones en la Universidad del Cine y en talleres donde repetía, casi como un mantra, que «la técnica sin alma es solo ruido». Trabajó codo a codo con actores que se volvieron su familia cinematográfica —Federico Luppi, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Aitana Sánchez-Gijón, Cecilia Roth, Juan Diego Botto, Susú Pecoraro— y con la productora Kathy Saavedra, su colaboradora más fiel, presente en casi todos sus proyectos.
La Academia de Cine Española lo recordó como un «creador clave para las filmografías argentina y española de las últimas décadas», y añadió, con guiño cinematográfico: «Aristarain pertenece a una generación que vivió el cine: se enamoraron de mujeres fantásticas, se sintieron héroes, pudieron mentir y asesinar sin castigo». Pero Aristarain nunca mintió. Solo supo traducir el dolor, el exilio, la búsqueda de identidad y la ternura en imágenes que aún nos interpelan. Desde Tiempo de revancha (1981) hasta Roma (2004), su última película, cada plano fue una conversación entre la luz y la memoria.
Hoy, el cine en español le debe un plano largo, sin cortes, sin prisa. El que él siempre nos regaló.





