Petro recorre la Costa buscando votos para Cepeda mientras Eljach mira para otro lado

Redacción política | 26 de mayo de 2026
El presidente Gustavo Petro llegó a Ciénaga (Magdalena) con el sol del mediodía y las redes de los pescadores tendidas sobre la arena. No habló de mareas ni de cuotas de captura. Habló de vida y muerte. “Votamos por la vida o votamos por la muerte”, dijo. “Pero ya me quieren procesar”. No mencionó nombres. No hizo falta.
A seis días de la primera vuelta presidencial, mientras Iván Cepeda —el candidato de su partido, el Pacto Histórico— realizaba otro de sus cierres de campaña en Córdoba (a pesar de la prohibición), el jefe de Estado recorría la misma costa Caribe con un mensaje que no necesita apellidos para ser entendido. La coincidencia geográfica no fue casual. La sintonía discursiva, menos aún.
El mensaje que no nombra pero señala
Petro no dijo “voten por Cepeda”. Dijo algo que, en el código de la política colombiana, suena igual: “Vida no es el nombre de ningún candidato, ni muerte tampoco, pero hay que pensarlo. Porque si no, lo que hacen es matar a nuestros propios hijos”.
La referencia a la Alianza por la Vida —la coalición que impulsa a Cepeda junto a En Marcha y Alianza Verde— fue sutil, pero inequívoca. Y se sumó a una publicación en X del domingo 24 de mayo, donde el presidente compartió un video del cierre de campaña de Cepeda en el Caribe con una fábula que muchos leyeron como una pulla directa a Abelardo de la Espriella:
“En una fábula famosa los ratones negros querían defenderse del gato, y se les ocurrió la idea de elegir un ratón blanco para defenderse del gato. El gato/tigre seguirá cazando ratones. Los y las libres volaremos. Viva el Caribe libertario”.
No es propaganda electoral explícita. Es algo más difícil de sancionar: es un relato que alinea símbolos, territorios y lealtades sin pronunciar la palabra prohibida.
El ministro Armando Benedetti, presente en el mismo evento de Ciénaga, lo defendió con un argumento que se ha vuelto recurrente: “Intervenir en política es ir en contra de lo que está escrito, y no está escrito que el presidente no pueda opinar; intervenir en política es cuando yo les digo a las cámaras: oigan, voten por este candidato o no voten por el otro”. Analistas consideran que los apuntes de Benedetti serían instrucciones directas para el procurador Gregorio Eljach, que en cada entrevista repote lo dicho por el ministro.
La distinción es fina. Casi imperceptible. Y por eso mismo, efectiva.
La norma que se diluye
La Constitución colombiana es clara: el presidente no puede hacer campaña. La ley electoral también. Pero entre lo escrito y lo ejecutado hay una zona gris que Petro parece habitar con comodidad.
Mientras tanto, la candidata Claudia López llevó una denuncia por presunta participación en política a la Comisión de Acusaciones de la Cámara. Y el procurador Gregorio Eljach pidió informes a los congresistas sobre las investigaciones que adelantan contra el mandatario. Hasta ahora, sin respuesta concreta.
“Casi me cuelgan del árbol más alto porque yo no metí preso a Petro. Y resulta que la competencia para eso es la Comisión de Acusación y que ahí están también los de la oposición. Como la gente reclama que ahí nunca pasa nada o, por lo menos, no se sabe que ha pasado. Infórmennos qué tienen allá”, señaló Eljach.
La norma existe. La sanción, no tanto.
Más allá de los discursos, hay una realidad territorial: la presencia del presidente en la Costa no es solo simbólica. Es logística. Es estructural. Funcionarios públicos, vehículos oficiales, actos institucionales que se transforman en escenarios de campaña: la línea entre gobierno y partido se desdibuja con cada evento. Y en un país donde el clientelismo y la maquinaria electoral han decidido elecciones, esa difuminación no es un detalle técnico. Es una ventaja competitiva.
Cepeda lo sabe. Petro también. Y los votantes de la Costa —divididos entre el candidato del oficialismo y el outsider Abelardo de la Espriella— observan, calculan y deciden. Por ejemplo, el presidente Petro está dedicado a replicar trinos de periodistas como María Jimena Duzán y Daniel Coronell que están en campaña contra De La Espriella.
Lo que está en juego
No se trata solo de si Petro puede o no opinar. Se trata de qué significa la neutralidad del Estado en una democracia. Se trata de si el presidente puede, con la legitimidad de su cargo y el alcance de su voz, inclinar el voto sin violar formalmente la norma.
Y se trata, sobre todo, de qué mensaje se envía a los ciudadanos: que las reglas aplican para todos, o que hay quienes pueden transitar la frontera entre gobierno y campaña sin consecuencias. Sin embargo ya se habla de rebajas en peajes
En la Costa Caribe, donde el calor aprieta y la luz falla, esa pregunta no es abstracta. Es cotidiana. Es urgente.
El 31 de mayo, los colombianos votarán. Y después de esa primera vuelta, el país sabrá si la estrategia de Petro —presencia territorial, mensajes codificados, movilización de base— fue suficiente para llevar a Cepeda a la segunda vuelta.
Si lo logra, el debate sobre la participación presidencial no se cerrará. Se intensificará.
Si no lo logra, la pregunta será otra: ¿qué tan lejos puede llegar un presidente que apuesta todo a un sucesor, sin garantías de retorno?
Por ahora, Petro sigue en la Costa. Hablando de vida. Sin nombrar nombres. Mientras la norma observa, y el país cuenta votos.
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