El último bullerengue de Totó La Momposina

En Celaya, México. el domingo 17 de mayo de este 2026 el sol del Bajío comenzaba a caer cuando Sonia Bazanta Vides, Totó La Momposina, cerró los ojos por última vez. A sus 85 años, un infarto al miocardio detuvo el corazón de la cantadora que llevó el Caribe colombiano a todos los rincones del planeta. No hubo escenarios, ni tambores, ni multitudes: solo su hija Angélica, sus nietos y el silencio respetuoso de quien sabe que una leyenda acaba de partir. Totó no murió: se fue cantando. Como vivió.
Raíces de barro y sal

Nacida en Talaigua Nuevo, Bolívar, en 1940, Totó creció donde el Magdalena se hace río grande y el viento trae historias de África, de indígenas Zenú y de gaitas que lloran. Su infancia fue testigo de La Violencia: su familia liberal, perseguida, tuvo que huir. Entre cadáveres y miedo, aprendió que la música también era refugio. No estudió para ser famosa. Estudió para entender. En París, en La Sorbona, descubrió que lo universal no está en imitar, sino en profundizar en lo propio. Y volvió a Colombia con una misión: que el bullerengue, la cumbia, el porro y el mapalé dejaran de ser “folclor local” para ser patrimonio humano.
El mundo en un tambor con Totó

En 1982, acompañó a García Márquez a Estocolmo. Mientras el Nobel recibía su premio, Totó hacía sonar sus tambores en Suecia: fue la primera vez que el Caribe colombiano se paraba, de igual a igual, en el corazón de Europa.

En 1993, Peter Gabriel la llamó para Real World Records. La Candela Viva encendió los oídos del mundo. Su voz de mezzosoprano, sus caderas marcando el compás, sus manos llamando al tambor: Totó no interpretaba, encarnaba la tradición. No la folklorizó: la dignificó
La estrella era la música
Totó siempre lo dijo: “La estrella no soy yo, es la música”. Por eso formó cantadoras, documentó versos ancestrales, revitalizó ritmos que se apagaban. Su legado no está en trofeos —aunque los tuvo: Grammy Latino a la Excelencia, WOMEX, Congos de Oro—, sino en cada joven que hoy baila bullerengue con la misma fuerza con que ella lo hizo hace medio siglo.

En 2022, la afasia y el cansancio la obligaron a retirarse. Su último escenario: el Festival Cordillera. Un adiós íntimo, sin grandes producciones, como le gustaba a ella: sencilla, verdadera.
El eco que queda
El 27 de mayo, su cuerpo llegará a Bogotá. El Capitolio la recibirá con honores. Pero el verdadero homenaje ya está en marcha: en las aulas, en los festivales, en las nuevas voces que toman la posta. Pero quien conoce su obra sabe que no se fue: cada vez que suena un tambor alegre en la costa Caribe, cada vez que una mujer canta con el vientre y con la memoria, ahí está ella.
Descanse en paz, maestra. Su candela, por fortuna, sigue viva.
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