Cuba en el ojo del huracán: entre el fallido legado Castro y la presión de Trump

Cuba vive una crisis energética estructural que se agravó en 2024 y explotó en 2026, millones de afectados y atrapados bajo el régimen de los Castro que podría tener sus horas contadas gracias a la presión sin precedentes que ejerce Donald Trump y Marco Rubio.

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Mientras más de nueve millones de cubanos siguen sin electricidad este martes 17 de marzo de 2026, en Washington se movían piezas que podrían cambiar el rumbo de la isla: según una investigación del New York Times, la administración de Donald Trump ha comunicado a negociadores cubanos que Miguel Díaz-Canel debe dejar la presidencia si se quiere avanzar en las conversaciones bilaterales

No es solo un apagón. Es una tormenta perfecta: crisis energética, sanciones petroleras, presión diplomática y un pueblo que lleva meses sin respuestas. Para el7.news, esta no es una historia lejana. Es un espejo de lo que pasa cuando la energía se convierte en arma geopolítica —y Latinoamérica, que también depende de combustibles importados, tiene mucho que aprender.

El apagón: más que “se fue la luz”

¿Qué pasó?

  • Fecha: Lunes 16 de marzo de 2026
  • Alcance: Apagón nacional total, el sexto en año y medio.
  • Causa oficial: “Desconexión total del Sistema Eléctrico Nacional (SEN)”, en investigación.
  • Impacto: Más de 9 millones de personas sin electricidad, agua, refrigeración ni comunicaciones estables.

¿Por qué se repiten los apagones en Cuba?

Cuba vive una crisis energética estructural que se agravó en 2024 y explotó en 2026:

  1. Infraestructura obsoleta: Las termoeléctricas, que generan el 70% de la energía, tienen décadas de uso y fallan constantemente.
  2. Dependencia del petróleo: La isla importa casi todo el combustible que usa para generar electricidad.
  3. Bloqueo petrolero de EE.UU.: Desde enero de 2026, Trump prohibió a terceros países enviar petróleo a Cuba, cortando flujos clave desde Venezuela y otros aliados www.bbc.comreporteri.net.
  4. Falta de inversión: Sin recursos para mantenimiento ni transición a renovables, el sistema colapsa bajo su propio peso.

Times revela exigencias de Trump y Rubia para el régimen cubano

Diaz Canel Raul Castro
Tras la salida de Raúl Castro en 2018, Díaz-Canel asumió la jefatura del Estado cubano y posteriormente el cargo de primer secretario del Partido Comunista Cubano. /Foto Archivo El 7

Según una investigación del New York Times, la administración de Donald Trump ha establecido una condición explícita para cualquier avance en las relaciones con La Habana: la salida de Miguel Díaz-Canel de la presidencia de Cuba. Cuatro fuentes consultadas por el diario estadounidense confirman que funcionarios de alto nivel han comunicado a negociadores cubanos que el actual mandatario —considerado “intransigente” y “poco flexible”— debe dejar el poder si se quiere abrir una vía de diálogo sobre sanciones, migración o cooperación energética. La exigencia, que no incluye un cambio de régimen completo ni apunta directamente contra la familia Castro, busca forzar reformas económicas estructurales que Díaz-Canel, formado en la ortodoxia del Partido Comunista, difícilmente impulsaría. Para Washington, no se trata solo de cambiar un nombre: se trata de probar si el sistema cubano puede transformarse sin su arquitecto visible.

Este pulso llega en un momento de extrema vulnerabilidad para la isla, que acumula seis apagones nacionales en 18 meses y depende casi por completo de importaciones de combustible ahora bloqueadas por sanciones estadounidenses.

Pero más allá de la coyuntura, la presión sobre Díaz-Canel pone bajo el reflector una pregunta incómoda: ¿puede haber cambio real sin ruptura con el legado político de los Castro? La “dictadura fallida” que iniciaron Fidel y Raúl —promesa de soberanía que derivó en dependencia, revolución que se convirtió en burocracia, y socialismo que no logró prosperidad— sigue operando bajo nuevas caras. Díaz-Canel no es un Castro de apellido, pero sí su heredero institucional: preserva el monopolio del poder, la represión a la disidencia y la retórica antiimperialista que, aunque útil para movilizar bases, no ha resuelto las necesidades básicas de nueve millones de cubanos.

Si Trump busca un interlocutor reformista, deberá preguntarse si alguien formado en este sistema puede —o quiere— serlo. Y si el pueblo cubano merece, por fin, decidir su futuro sin ultimatums externos ni herencias internas.

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