El golpe que redefinió el poder: Venezuela y la nueva geopolítica del siglo XXI

El 3 de enero de 2026, la captura en Venezuela del presidente dictador Nicolás Maduro, en una operación de EEUU, no fue solo un golpe militar, sino un símbolo de la reconfiguración del poder global.

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El 3 de enero de 2026, la captura del exmandatario venezolano Nicolás Maduro en una operación de EE.UU. no fue solo un golpe militar, sino un símbolo de la reconfiguración del poder global. Este evento no solo sacudió a Venezuela, sino que expuso la crudeza de un sistema internacional donde los intereses pragmáticos se imponen a las normas y la estabilidad regional se negocia con regímenes de dudosa legitimidad.

El “momento Trump” y el uso de fuerza sin complejos

La administración de Donald Trump ha demostrado que sus amenazas no son bravuconadas. La captura de Maduro dentro de Venezuela sigue al pie de la letra la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de 2025, que prioriza el control de recursos estratégicos (como el petróleo venezolano), la contención de aliados de China y Rusia, y la reducción de flujos migratorios. Maduro era un objetivo claro: un dictador cuyo régimen traficaba drogas, albergaba a grupos terroristas como Hezbollah, y cuya caída amenazaba la influencia extranjera en Latinoamérica.

Trump no oculta su objetivo: mantener el control del hemisferio occidental sin importar si sus aliados son “hijos de puta” (Somoza-style), siempre que sirvan a los intereses de EE.UU. La negociación con Diosdado Cabello, el brazo armado del régimen, lo confirma: la estabilidad económica y el acceso a los recursos superan cualquier idealismo democrático.

El derecho internacional, ¿Un adorno estratégico?

Nicolás Maduro detenido en EEUU y llevado ante una corte federal de Nueva York. EFE
Nicolás Maduro llevado ante una corte federal en Nueva York un día después de su extracción/Prensa White House

EE.UU. envolvió su operación en un marco legal, negando la inmunidad de Maduro y justificando la acción como un “acto de ley” contra un criminal. Pero esta retórica no busca cumplir normas, sino reducir costos políticos. La legitimidad jurídica es un script para:

  • Internamente: Evitar cuestionamientos del Congreso.
  • Aliados: Facilitar que países como Colombia o Brasil no rompan filas.
  • Rivales: Mantener el discurso normativo para criticar a China/Rusia en otros escenarios.

La UE, por ejemplo, condenó la intervención en Venezuela, pero no rompió relaciones. Su mensaje fue ambiguo: “Respeten el derecho internacional, pero no confrontemos a Washington”.

Latinoamérica: La izquierda en crisis y la derecha pragmática

Los gobiernos de izquierda (Brasil, México) criticaron la acción, pero omitieron condenar a Maduro o reconocer al gobierno opositor legítimo (ganador en 2024). Su silencio revela una hipocresía: defienden principios solo cuando el actor es EE.UU., no cuando el régimen aliado viola derechos humanos.

En cambio, Colombia y Chile priorizaron la estabilidad. Bogotá, presionada por flujos migratorios y crimen transnacional, vio en la operación una oportunidad para cerrar filas con EE.UU., incluso si ello significa tolerar pactos con Cabello.

El caso de Cuba y el espejo de la inestabilidad regional
Miguel Diaz Canel presidente Cuba
Fotografía de archivo del presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel. EFE/STR

Mientras Venezuela se convierte en un laboratorio de la realpolitik trumpista, Cuba enfrenta su peor crisis desde el fin de la Unión Soviética. La combinación de sanciones estadounidenses, el colapso de la ayuda venezolana y las protestas internas han erosionado el régimen castrista. EE.UU. aprovecha la coyuntura para intensificar la presión: desde ciberataques a redes gubernamentales hasta promover disidencias locales, usando tácticas similares a las aplicadas en Venezuela. Países como México y Argentina evitan condenar abiertamente a La Habana, pero su silencio no impide que la crisis cubana siga el mismo rumbo: una mezcla de chantaje económico, apoyo selectivo a facciones “pragmáticas” del régimen y presión externa para forzar una transición controlada. La UE, por su parte, mantiene su línea ambigua: critica las violaciones a los derechos humanos, pero no rompe relaciones, optando por un enfoque de “diálogo condicional” que no compromete su acceso a mercados.

El nuevo orden donde las reglas se adaptan al poder

Venezuela no es un caso aislado. Es el espejo de un mundo donde EE.UU. actúa con unilateralismo, la UE defiende normas sin musculatura, y Latinoamérica se polariza entre pragmatismo y hipocresía. La democracia y los derechos humanos son variables secundarias: lo que importa es el control de recursos, la estabilidad y la alineación con bloques.

La Unión Europea, por primera vez, no se alineó con EE.UU., pero tampoco lo confrontó. Su comunicado fue diplomático: “Respeten las normas, pero no apoyamos el régimen de Maduro”. Este equilibrio refleja su naturaleza: una potencia normativa, no militar.

Su mayor apuesta, el acuerdo UE-Mercosur (firmado semanas después), muestra su estrategia: usar el comercio y las reglas para influir sin armas. Sin embargo, en Venezuela, su voz se diluye por la asimetría de poder: sin capacidad militar, su influencia se limita a la retórica.

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